Navidad covid


Lo que cambia la vida por un simple virus, por algo tan diminuto que ni es visible al ojo humano. Este año no se observan los típicos codazos entre cadenas comerciales -a los que se han sumado con ansias desatadas los ayuntamientos- para ver quien inaugura antes y mejor la Navidad. Este año hasta casi ni oímos hablar del rey del led, del sobreactuado y encantado de haberse conocido Abel Caballero; aquel que aspiraba a tener más bombillas -lo de las luces es otra cuestión- que Las Vegas.

En cierto sentido hemos puesto perspectiva a unas Navidades que no serán como todos los años, que no serán lo que hubiésemos deseado. Serán días especiales, pero al ralentí. A nadie se le escapa que salvo alguna actuación irresponsable, cuando estamos a poco más de un mes de la celebración, con una situación de contagios y fallecimientos crítica, ninguna Administración arriesgará a modificar sustancialmente las restricciones que en todos los sentidos tenemos. Algo que nos pasará factura -más todavía- en lo anímico y en lo económico, porque no hay alternativa.

Pero no a todos los sectores. La gran distribución de la alimentación está en cifras récord. La industria conservera, el sector de reformas (albañilería, carpinterías, pintura, materiales, ferreterías,…), todo lo relacionado con la práctica deportiva o mismo gestores y asesores viven momentos de gran actividad. El varapalo de la Navidad, como los anteriores, recaerá fundamentalmente en los sectores de hostelería, viajes, pequeño comercio y todo lo que gira a su alrededor. El alcance de los daños todavía es imposible de predecir en estos momentos.

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