En los años 90, lo típico en el cine y la televisión (americana, obviamente) era caricaturizar al empresario obsesivo con un busca colgado del cinturón. «Me ha llegado un mensaje. ¿Dónde hay una cabina de teléfono?», soltaba el individuo siempre trajeado, histérico y visiblemente angustiado en cuanto aquel aparato que hoy parece prehistórico vibraba. «Siempre igual», lamentaba la mujer, la pareja, el colega o quien fuese que estuviera a su lado.

El mensaje que enviaba Hollywood era que aquel pernicioso objeto había convertido al hombre en un neurótico del que era mejor escapar. Hacía que se olvidara de lo que tenía a su alrededor, aunque estuviera comiendo con la familia, tomando unas copas con los amigos o jugando en la playa con sus hijos. Vivía un martirio, pero aquella cárcel en vida no solo lo encerraba a él. También lo hacía con la gente que tenía a su lado.

Treinta años después, el busca es ya una reliquia de museo. Pero lejos de que aquella caricatura del hombre de negocios angustiado y presionado se haya ido, ahora todos nos parecemos a él. Lo vi claro este sábado, tras leer un tuit de Naval (si tenéis Twitter os recomiendo que lo sigáis) que preguntaba: «¿Cuándo tardaremos en crear la droga perfecta que nos tenga atrapados todo el tiempo?» Había múltiples respuestas, pero la que me más me gustó fue la de un anónimo que le contestó: «La tienes en tu mano. Es desde dónde has enviado el tuit».

Espero que llegue el tiempo en que nos plantearemos recuperar ese terreno perdido. Antes de que todos acabemos como el loco histérico que corría por Nueva York para encontrar una cabina de teléfono desde la que responder al maldito busca.

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El busca