Morir también, morir tampoco


Hay muchos confinamientos en este confinamiento. Hay muchas noches en esta noche en que los muertos gritan tan alto, donde la ausencia de los que se marchan cubre los pasillos de ceniza mientras el polen de los olmos se nos incrusta, como navajas, en los lacrimales. Al entrecerrar los ojos se ven con más claridad estas horas febriles de temores hambrientos, de personas perdidas, de nostalgias vagabundas y de desolaciones añejas… Ahora compramos vino y lo bebemos solos; hablando cada uno, en bajito, con nuestros fantasmas.

Me aterra pensar en lo solos que morimos. La muerte es el trámite más individual que existe. Aunque los seres queridos acompañemos a la persona que va a fenecer, les contemos un chiste, los alimentemos, sostengamos sus manos… existe una pared de cristal entre él y tú. El enfermo se enfrenta a los dolores, a los pinchazos, a los miedos, a la uci y ni el familiar ni el amigo pueden librarlo de ese calvario, solo pueden estar a su lado cuando les dejan, que es muchísimo y que también es poquísimo.

Rompe el corazón ver que las circunstancias actuales no están permitiendo siquiera este último acompañamiento, el simbólico adiós. La semana pasada falleció un hombre hecho a sí mismo: Tomás Muíños, muchos amigos suyos no hemos podido despedirlo como merecía. Sean pues estas líneas mi abrazo final para él.

Tomás fue buena persona conmigo, él me dio el primer trabajo que tuve y siempre, siempre, me trató con cariño. Gracias, Tomás, he sido afortunado de conocerte. Descansa en paz, que velaremos este papel y yo contra tu olvido.

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