Perdiendo una luna


A cualquiera que intuya que es un fracasado mientras se tambalea en el taburete de un bar. A cualquiera que se ponga delante de un folio a intentar hilar dos versos que serán una mierda. A cualquiera que se haya enamorado como un perro salvaje en barrios de cartón y lata. A cualquiera que haya estado triste en su habitación con la lengua de moho y cucarachas ahogándose en la flema de su espectro. A cualquiera que vuelve de su melancolía con temerosos pies invisibles.

A cualquiera que llevó en el walkman una cinta en la que sonaba en bucle Buscando una luna de Extremoduro, y se quedaba en una esquina, como cada día, con la misma canción, esperando a que Mónica pasase por allí. «Hola Mónica, ¿qué haces?» Y Mónica decía que iba a inglés o al catecismo o a la universidad o a casa de su abuela. Hasta que un día te dijo que no iba a ningún sitio. Que solo había bajado a verte y te dio un beso que aún guardas en los labios, alejándose luego dentro de una pompa de jabón que flota hacia Pontevedra.

A cualquiera que lleve muchos años sin ver a Mónica, pero que cuando escucha el disco de Extremoduro se acuerda de ella, de la carta, de los días que pasó buscando una luna, como decía la canción, sin saber que ya la había encontrado. A cualquiera que le duela que Extremoduro desaparezca este año. A cualquiera de vosotros: os saludo con rocío en los ojos, porque en esos acordes de óxido y miel, donde Robe canta: «¡A veces todo es tan normal!», acabo de descubrir que Mónica no volverá nunca a darme un beso en aquella esquina a la que la vida jamás nos ha dejado regresar.

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