Meli y Tucho


Un día como hoy, hace cincuenta años, Meli y Tucho Ayaso se casaron. Una gaditana y un ribeirense. Ella, tan ella, y él, tan él, que nadie hubiera pensado jamás lo rica que puede estar una ración de pulpo en un tablao flamenco. Se conocieron en Andalucía cuando Tucho estudiaba medicina, con el tiempo, Meli trajo a Galicia su acento de Cádiz y si estás cerca de ella en invierno, el repiqueteo de la lluvia parece una copla. La copla de la historia que llevan medio siglo tejiendo, su historia.

Una historia en la que yo he tenido la fortuna de aparecer puntualmente. La infancia es la primera representación del mundo. Puede que la más importante. La gente a la que quieres en la infancia es a la que quieres del modo más sagrado y verdadero. Y yo a Meli y a Tucho los quiero así. Los quiero mucho, quizá más de lo que yo les haya dejado saber nunca.

Mi familia y yo pasábamos con ellos la mayor parte del verano. Ella me trató de tú a tú, de niño a niño, de mar a mar, de roca a roca, desde que era pequeño. Él, cuando me ponía el otoscopio en el oído decía que veía un elefante y cuando me auscultaba, decía que escuchaba un trueno. Tucho tiene ese don de poeta que no escribe: la tranquilidad feliz del hombre bueno. Y Meli… es imposible no estar del bando de Meli, porque su bando es el de la bandera negra, la alegría fiera y honesta del pirata.

¿Qué puedo decir de Meli y Tucho? No puedo decir nada más que gracias. Una y mil veces. Felices bodas de oro, chicos. Ojalá yo pase por la vida de alguien como vosotros pasáis por la mía, así, de esa manera, para quedarme siempre.

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