Los otros héroes anónimos


En silencio y sin hacer ruido. Todas las mañanas cogen sus redes y van a pescar. Casi nadie se acuerda de ellos. Son los marineros. El país se paraliza. Las carreteras quedan vacías y las calles y los pueblos despejados. No se ve prácticamente a nadie. Pero en los puertos es otra cosa. El trajín diario de barcos y las descargas. Las lonjas siguen trabajando, eso sí, a un ritmo más lento y con mayores medidas de protección. Ellos son de otra casta. Reconocen que no tienen miedo, pero si respeto al coronavirus.

A pesar de la pandemia, el mundo sigue. Hay que comer y el pescado fresco aún está al alcance de las mesas españolas, y eso se debe a la valentía de un colectivo que no se arruga ante las adversidades.

Cuando mucha gente busca de forma desesperada una mascarilla o unos guantes y cuando los encuentra tiene que pagar precios desorbitados, con los marineros pasa todo lo contrario. Sus capturas no tienen prácticamente quien las quiera. El precio del pescado cayó en picado.

El esfuerzo de este grupo de valientes no tiene la recompensa que se merece. Sin apenas material de protección, salen todos los días a faenar y lo hacen sin pensar en nada.

Las distancias de seguridad en pequeñas embarcaciones son imposibles de respetar. Demasiado chicas para tantos marineros, pero eso no les preocupa, lo que les preocupa es que los confinados tengan pescado fresco en sus mesas.

Ellos son también de ese grupo de héroes anónimos cuyo trabajo no verán recompensado ni con unos precios acordes a su esfuerzo. Pero ahí están, al pie del cañón.

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