Como ya he comentando en alguna ocasión no tengo nada en contra de las redes sociales, es más, me parecen un avance y un valor importante de la sociedad actual. Una ayuda inestimable en muchos trabajos y una forma de comunicación que nos permite oír y ver a cualquier persona por muy lejana que esté, las 24 horas del día; de un valor incalculable en tierra de emigrantes y con la movilidad actual de los jóvenes.
Ya me parece que entraña cierto peligro o perjuicio -depende del grado de adición- el abuso de las mismas o la sustitución de las otras formas de comunicarse, especialmente en persona; lo que suele llevar aparejado el aislamiento del individuo en cuestión. Entre los dos términos se sitúan aquellos que exhiben sin pudor cuanto hacen en las redes, desde viajes o comidas hasta las situaciones más íntimas. Entre todos los que así se comportan forman un mundo en el que existes, eres, estás o haces si lo cuelgas en Instagram o Facebook.
También los que muestran afectos o desafectos descarnadamente, a corazón o hígado abierto. Me sonroja cuando un padre, madre, hija, hijo, amiga o amigo hacen unas declaraciones tan profundas y especiales que parecen más propias de una conversación privada; que además tendrían el aliciente de terminar en un abrazo o un beso ¡qué no vayas tú a comparar con un emoticono! Yo las atribuyo o bien a la dificultad de relacionarse en persona o a la necesidad de decirle al mundo -más que a la otra persona- sus sentimientos. No sé si por la falta de complicidad personal o por la necesidad del aplauso de la sociedad a su ego a través de unos «me gusta».