De fútbol tengo poca idea. La justa para que, en los últimos años, me guste más el juego del Barça que el del Madrid. Pero suelo frecuentar algunos bares en los que se habla de fútbol, y sobre todo se escucha a los dueños de los locales quejándose de la barbaridad que tienen que pagar por el derecho a televisar los partidos. «Fai menos de cinco anos pagábamos arredor de 100 euros e agora son pouco menos de 400. A min non me compensa», decía un hostelero en La Voz de Galicia el pasado septiembre.
Y luego, claro, mi barman habitual me informa de que piensan televisar los partidos «aínda que a sinal se corte de cando en vez». O sea, les obligan a utilizar la magia de los sistemas de pirateo para poder dar al cliente algo que, actualmente, nadie debería negar que se trata de un servicio público básico; al menos para desintoxicarse de elecciones, de momias y de procés.
La verdad, no se comprende que a empresas como Movistar (única plataforma para ver todo el fútbol en España), con más de siete millones de abonados, se le permita la emisión del fútbol de pago en exclusiva. Y gracias a tal exclusividad, de los 100 euros mensuales que pagaban los hosteleros hace menos de cinco años, se ha llegado a los 400 actuales. Se ve que hay que llenar varias alforjas. Porque a los intereses económicos propios, hay que sumar las albardas de la Liga y las de los pobrecitos futbolistas y clubes de fútbol.
Pero llegados a este atropello, ¿no sería más lógico que se estableciese un baremo de pago en función de ciertos condicionantes? Está claro que no es lo mismo un local de 25 metros cuadrados que uno de 200. Y también que el local de 200 esté ubicado en Madrid o Barcelona, en donde la copa de vino cuesta cuatro euros, mientras que en Palmeira o Corrubedo se pagan dos euros por igual consumición. O, incluso, se podrían considerar diferentes tarifas. Si se trata de un local específico de peñas de fútbol con gran afluencia, de un café de pueblo o de la clásica tasca. Pensemos que en un café de pueblo, para amortizar 400 euros al mes, hay que servir 200 cafés por partido semanal. Y en una tasca, habría que tomarse 200 chiquitos. Eso sí, siempre que a cada café o a cada chiquito se le saquen 50 céntimos libres.
«Menos marxe, moito menos!», retruca mi barman de confianza. Por eso, ante tales abusos, cada vez se comprende más a quienes piratean la imagen de los partidos. Y los clientes no debemos protestar por los pequeños cortes que hay que sufrir de vez en cuando con los sistemas piratas. Pensemos que sirven, entre otras cosas, para evitar que se nos enfríe el café o para pedir otra copa compensatoria del cabreo de no poder ver en directo el gol que acaba de marcar Mesi, por esos inoportunos cortes.