Mi madre tiene la costumbre de abrir las ventanas durante demasiado tiempo. «Hay que ventilar». Me lo lleva diciendo desde antes de que ningún estudio sobre gas radón en Barbanza se llegase a plantear. En esa casa o ventilabas o hiperventilabas, y yo que soy friolero y vampírico me enfadaba con ella. «¡Siempre abiertas las ventanas en invierno! ¿Pero esto qué es?».
He estado de luna de miel en Florencia, con un mapa en una mano y síndrome de Stendhal en la otra. Cerca de la Piazza Santissima Annunziata está el palacio Grifoni. A priori no tiene nada de particular, un palacio más en la ciudad del arte, pero si uno lo observa con atención durante días se dará cuenta de una cosa: en la fachada hay una ventana que nunca cierra.
Se dice que a finales del siglo XVI un caballero descendiente de la familia Grifoni partió a la batalla. Su mujer fue a despedirlo desde la ventana. El guerrero no volvió y tal fue la pena de su enamorada que se quedó esperándolo en ella hasta que se murió. La leyenda cuenta, aunque hay diferentes versiones, que al cerrar la ventana se abre sola por la noche. Así que la dejaron. Lleva siglos abierta.
Cuando le cuente a mi madre esta historia y vea mis fotos alucinando con una ventana eternamente ventilando me va a decir que soy un majadero. Lo soy. Me he reconciliado con las ventanas abiertas. Me es familiar y extraña esta paz toscana, aquí todo se mece a ritmo de góndola.
Sonrío de la mano de Mercedes mientras nos disolvemos juntos en esta tierra, como dos gotas de lluvia cayendo unidas en un vaso de ron.