Elogio de la lentitud


C ómo se puede en este nuestro tiempo de la velocidad lanzada elogiar la lentitud o una estética del quietismo? La lentitud era la norma en los días de nuestra rural infancia. Los días eran lentos, sobre todo los de invierno, aunque duraban más bien poco. Lentas también eran las noches, sobre todo en verano, pese a que eran las más cortas. Largos y lentos, incluso a veces parecían interminables, eran los días en los meses de mayo, junio y julio. Lentas las mareas, los animales, los carros... Lentas y prolongadas las sobremesas de los domingos y fiestas de guardar. Lentas las horas, las conversaciones y nuestras exploraciones hasta alcanzar la Cova da Silva para jugar con los rapaces de Vilariño y Sandrenzo.

Aunque digan y piensen lo contrario, antes nos hablábamos más y nos escuchábamos más. Ahora, mientras recorremos los considerados territorios hostiles de alguna gran ciudad, hablamos atropelladamente para no sentir nuestro miedo. Pero ya casi no nos escuchamos. Nosotros visitamos algunas veces estos laberintos urbanos y entonces observamos cómo caminan a toda prisa, cómo no se paran a hablar con alguien. Y si hablan, lo hacen como caminan, corriendo.

Aunque no esté bien visto que lo digamos, nosotros podríamos darles algunas indicaciones. Y podemos hacerlo porque conocemos las sendas que los llevarían hacia un lugar donde los cantos de los pájaros te despiertan a los amaneceres. Donde la brisa acaricia la hierba y las flores silvestres se inclinan para darnos los buenos días o la bienvenida.

¿Recuerdas? Hubo un tiempo en que experimentábamos la serenidad de mirar todo lo que aparecía o encontrábamos por el camino. En aquellos días, sabíamos detenernos para observar como iba creciendo el tomillo entre las piedras del monte. Por San Juan íbamos a buscarlo para perfumar el agua de hierbas con la que nos bañábamos para festejar el cambio de equinocio. Empezaba a brillar el dorado verano sobre la alfombra gris del otoño.

En cambio, la lentitud, como el quietismo, no debe ser entendida como una actitud idiotizante o paralizante. Aunque el viaje es en principio una puesta en acción, en cuanto somos capaces de hacer del viaje un hogar, como lo convierte el maestro y poeta japonés Matsuo Bash­o en Senda (hacia tierras hondas), entonces comprendemos la lentitud. Es este el motivo por el que siempre nos acompaña una voz que nos sorprende para hablarnos de las piedras, de la lluvia que de repente cae, de las hojas de los árboles, de la pluma que desciende de las ramas y delata la presencia del ave, del polvo que se levanta al pasar un paisano con unas ovejas, ligero como la corriente del río, ligero de equipaje, como diría Machado, una vez olvidada la pesada mochila de la información que contamina nuestra existencia, y que solo necesitamos para defendernos en la jungla del mundo contemporáneo.

¿Cómo si no podríamos comprender la «risa de las flores» en la primavera. O la tristeza y las lágrimas de las plantas mustias en el otoño? La poesía es el «Dios» que acompaña a los caminantes, dice Basho. «Caminante no hay camino, se hace camino al andar», afirmaba Antonio Machado cuando avanzaba hacia el exilio con el corazón reventado y los ojos anegados de lágrimas. ¡Compañeros! Parémonos en cualquier recodo de la senda que transitamos. Miremos alrededor, encontraremos belleza incluso entre los escombros arrojados en un camino olvidado, una brizna de hierba que acaba de nacer.

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