Visitando antiguos senderos


Después de dos décadas, acordamos volver a visitar los senderos donde cultivamos nuestra sólida amistad. Cargamos las mochilas con bocatas, fruta y agua y partimos a las ocho de la mañana. Escogimos la ruta paralela y opuesta al sentido de la corriente. Conocíamos bien los recodos del río. También conocíamos las tierras que rodeaban los salgueiros, ameneiros, freixos, bieiteiros, loureiros... Las habíamos explorado numerosas veces en nuestra dorada juventud. Mientras caminábamos, charlábamos de que, en aquella memorable época, el profundo cielo era nuestro único amparo, en cambio ahora, cuando la juventud ya nos ha abandonado, nos acompaña la suave brisa que viene del bosque.

Lirios y cartuchos salpican y engalanan la senda por donde vamos avanzando. Nuestros pasos despiertan un par de patos adormilados en una encalmada del cauce, donde brinca una trucha de escamas plateadas: hay huellas de pescadores en las márgenes del caudal. Y fue cuando recordamos el día en que vimos los cisnes negros en el lago que había en la inmensa finca que rodeaba la mansión victoriana de Winston Churchill, al noroeste de Londres, oscuros parajes norteños de la Inglaterra interior. Nada comparables con estos nuestros paisajes del sur, donde los remolinos de luz blanca descienden, más allá de los piñeirales, sobre los verdes prados, y la amplia y variada orquesta de pájaros no cesa de susurrarnos canciones en nuestros oídos.

Después de varias horas caminando, llegamos a la antigua y pequeña aldea que se esconde entre un pliegue de la falda plisada que viste la montaña. Comimos y bebimos y, tras una larga conversación (dicen que hablar es tan bueno como tener un hogar), iniciamos el regreso. Volvimos por los olvidados caminos de carros, ahora medio taponados por los escombros arrojados y la maleza que avanza imparable. Nos cruzamos con ovejas, cabras, yeguas blancas preñadas, caballos negros brillantes con ojos de porcelana, pegas, cuervos, rabiloncos..., un par de culebras y varios lagartos tomando el sol sobre piedras calientes...

Nos paramos al lado de un huerto que reconocimos. Sí, aquí fue donde bajo dos cerdeiras habíamos estado a escondidas con nuestras primeras amadas. Allí conjugamos el verbo amar hasta que la vela de la luna nos anunció la llegada de la noche: ¡Qué rápido pasaron aquellas horas! Fueron como esquirlas del tiempo. En aquellos días, querido amigo, ellas nos arrebataban con un solo roce. Mas ahora, mi amada doncella me aprecia menos que el par de guantes gastados que esconde en el cajón de los trastos, y, sin embargo, si me llama, corro a su lado como un perro faldero, como el día de san Juan, cuando me pidió el agua de hierbas olorosas para bañarse. Y me dices, amigo mío, que no escriba esto, que se van a reír de mi, de mis ñoñerías... ¿Qué saben de mi los que de mi se ríen o se van a reír? ¿Qué pueden comprender de esta secreta pasión, si ni siquiera sienten la música?

¡Amigo mío! ¡No me preguntes por qué escribo artículos sobre esta locura que suele ser el amor! Mira, nada sé de batallas, tampoco de héroes y menos aún de titanes. A estas alturas de la existencia, ya solo me interesa retozar con mi amada en nuestro estrecho catre y que, mientras tanto, cada cual, a su modo, aproveche el día como mejor pueda. ¿Quieres tú finiquitar esta maravillosa locura que es el amor? No, amigo mío, no. Mientras podamos, solo debemos alimentar el deseo de que nunca se termine el más hermoso fruto de la vida!.

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