Muy viejo para todo


Eres muy viejo para cenar sopas de letras, más aún para buscar en ellas palabras, palabras bonitas como infinito o vuelve. Eres muy viejo para viajar a Saturno. Eres muy viejo para vivir en un faro sin sirenas. Eres muy viejo para subirte al cuadrilátero contra esos chavales tan jóvenes, tan fuertes, tan guapos. Eres muy viejo para pelear… aunque en los callejones, cuando bajas del ring, te sabes un par de trucos. Los golpes bajos. Arena a los ojos y ¡zas! el aburrido bolígrafo de tachar días del calendario se incrusta en la garganta del último pipiolo que vino a derribarte. Peleas sucio, peleas para sobrevivir, sabiendo que nadie te va a extender un cheque que te devuelva el tiempo perdido intentando gustarle al mundo. ¿Qué esperabas? ¿Un diploma?

La vida es así. Quieren verte caer, quieren que te obsesiones con tu fecha de caducidad y no vuelvas. El poeta Rusty McDonovan me contó que su padre había leído en un periódico que la esperanza de vida en Kentucky era de 74 años. El día que cumplió 73 comenzó a cavar su tumba. Un decenio más tarde seguía cavando. Murió con 98 y dejó en su huerta un hoyo como un asteroide.

No es la edad, es la conducta. No voy a decirte que seas un eterno adolescente pero, viejo, que te sigan respetando en el callejón. Y, si decides huir porque la humillación es grande o los golpes duelen, deja la puerta entreabierta, rebusca entre tu amor y tu rabia de ángel caído algo para llenar cada agujero en el que han (o has) pensado enterrarte. Tal vez, a diferencia del padre de Rusty, sí encuentres «vuelve» en la sopa de letras.

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