Mane, Tecel, Phares

Plácido Amboage Fernández. BUZÓN DEL LECTOR

BARBANZA

10 may 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

Había un rey en el Oriente Medio, la antigua Persia, que se había empeñado en hacer bonitos estanques de agua, grandes paseos de madera y preciosos jardines por doquier, sin un sentido de la realidad y las verdaderas necesidades de sus ciudadanos, a los que siempre engañaba con las frases: «Yo siempre escucho al pueblo, vuestros deseos son órdenes...». Sin embargo, todo era falsedad y estaba muy lejos de la verdadera realidad, pues lo importante para él era figurar en todos los saraos, aparecer siempre en primera fila como sujeto principal de comidas y banquetes, sin pensar en un mañana, convencido de que su puesto estaba asegurado, al amparo de los reyezuelos colindantes que eran de su mismo signo y parecido rango. Así, fue derrochando todas las riquezas y la buena gestión que le había legado su padre Nabucodonosor.

Pero un buen día, el pueblo del señor y soberano que parece que no ve, ni oye, ni siente, puso la balanza de la justicia a funcionar y pesó aquellos largos ocho años. El saldo fue simplemente negativo. Ocho largos años en los que el rey hizo su real gana, sus caprichos, manejando los dineros y los resortes del poder a su antojo. ¡Nadie debe estar tanto tiempo en al mando de las instituciones! Y las gentes decidieron acabar con aquella falacia de reino, de modo que una de aquellas noches en que el rey y sus fieles y devotos cortesanos se hallaban de francachela, una valiente mano escribió en la pared del salón estas célebres frases para la historia: «Mace, Tecel, Fhares».

Nadie supo interpretar su enigmático significado. solo el pueblo llano sabía lo que aquello quería decir, ni más ni menos que: «Tus días están contados... Oh rey».

Había llegado el momento de pasarle la verdadera factura y derribarlo de aquel bello trono, salvándose el pellejo de milagro. Y el monje budista de turno, con un triste lamento, apostillaba: «Sic transit gloria mundi». Plácido Amboage Fernández. Boiro