Mane, Tecel, Phares

Plácido Amboage Fernández. BUZÓN DEL LECTOR

BARBANZA

Había un rey en el Oriente Medio, la antigua Persia, que se había empeñado en hacer bonitos estanques de agua, grandes paseos de madera y preciosos jardines por doquier, sin un sentido de la realidad y las verdaderas necesidades de sus ciudadanos, a los que siempre engañaba con las frases: «Yo siempre escucho al pueblo, vuestros deseos son órdenes...». Sin embargo, todo era falsedad y estaba muy lejos de la verdadera realidad, pues lo importante para él era figurar en todos los saraos, aparecer siempre en primera fila como sujeto principal de comidas y banquetes, sin pensar en un mañana, convencido de que su puesto estaba asegurado, al amparo de los reyezuelos colindantes que eran de su mismo signo y parecido rango. Así, fue derrochando todas las riquezas y la buena gestión que le había legado su padre Nabucodonosor.

Pero un buen día, el pueblo del señor y soberano que parece que no ve, ni oye, ni siente, puso la balanza de la justicia a funcionar y pesó aquellos largos ocho años. El saldo fue simplemente negativo. Ocho largos años en los que el rey hizo su real gana, sus caprichos, manejando los dineros y los resortes del poder a su antojo. ¡Nadie debe estar tanto tiempo en al mando de las instituciones! Y las gentes decidieron acabar con aquella falacia de reino, de modo que una de aquellas noches en que el rey y sus fieles y devotos cortesanos se hallaban de francachela, una valiente mano escribió en la pared del salón estas célebres frases para la historia: «Mace, Tecel, Fhares».

Nadie supo interpretar su enigmático significado. solo el pueblo llano sabía lo que aquello quería decir, ni más ni menos que: «Tus días están contados... Oh rey».

Había llegado el momento de pasarle la verdadera factura y derribarlo de aquel bello trono, salvándose el pellejo de milagro. Y el monje budista de turno, con un triste lamento, apostillaba: «Sic transit gloria mundi». Plácido Amboage Fernández. Boiro