Watergate


El caso Watergate arrancó en 1972 con la detención de lo que parecían cinco rateros de poca monta en las oficinas del Comité Nacional del Partido Demócrata en Washington. La casualidad llevó a un joven periodista a la audiencia previa donde llamó su atención que uno de los asaltantes era un exagente de la CIA que pertenecía al Comité de Campaña del candidato republicano Richard Nixon. Ese periodista, Bob Woodward, y otro joven compañero, Carld Bernstein, iniciaron una investigación que estuvo apoyada por una fuente, Garganta Profunda, que no aportaba mucha información pero sí corroboraba y orientaba sus pesquisas. Desvelaron su nombre 33 años después: Mark Felt, por aquel entonces director asociado del FBI.

Lo más importante del caso es que, por primera y única vez, lo que acabó con la dimisión de un presidente de los EE.UU. fue el papel jugado por el director y la propietaria del periódico Washington Post, Ben Bradlee y Katherine Graham, que a pesar de ser sometidos a todo tipo de presiones y persecuciones siguieron publicando.

Viene esto a cuento de la pieza separada del proceso contra el comisario Villarejo -el máximo exponente de las cloacas del Estado- en la cual hay todo tipo de pruebas sobre la persecución, robo de información e intento de fabricar pruebas contra Pablo Iglesias. Ningún partido ha salido a denunciar y exigir depuración de responsabilidades, a pesar de que las evidencias apuntan a un ministro, Jorge Fernández, y a un presidente, Mariano Rajoy. Y la prensa, en general, parece poco interesada. Malas noticias para la democracia.

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