Lo más parecido a aquellos días de bullicio a pie de calle fueran las carreras ciclistas que, de vez en cuando, reunían a los vecinos sobre las aceras, para verlas pasar agitando los banderines que poco antes habían arrojado sobre la marcha coches repletos de publicidad cuya sintonía hacía de reclamo para que todo se parase al paso de los esforzados deportistas. Era un visto y no visto, y tan pronto pasaba un camión con una escoba en lo alto de la cabina, todo volvía a la normalidad: los tenderos, a sus mostradores; los albañiles, al andamio; los niños, a sus juegos; el pueblo, a su rutina.
Pero no, aquellos días de abril de 1979 eran muy distintos a los de las vueltas ciclistas, porque el bullicio de las calles no parecía efímero, se palpaba ilusión y aquel que desde hacía años era la máxima autoridad por la gracia del gobernador, transitaba como un vecino más, saludando a diestro y siniestro, preguntando por los estudios del chaval o los achaques de la abuela, como si, de repente, se hubiese hecho carne y habitara entre nosotros.
Eran las primeras elecciones municipales, el punto de partida de una nueva etapa en la que el pueblo se convertía en soberano para designar a sus representantes más próximos. Y tras ellas, llegaron las también primeras corporaciones municipales, y los primeros plenos, con sus debates en los que predominaba el acuerdo, no en vano entre los grupos de gobierno y de la oposición las distancias eran cortas, porque había representación equitativa en todos los órganos. Sí, aquello era lo más parecido a una democracia, era democracia, en la que el interés general predominaba y asistir a las sesiones plenarias era formar parte de un sistema ilusionante, con algunas excepciones, pecados veniales comparados con lo que llegamos a ver pasado el tiempo.
Y ese tiempo es el de hoy, cuando la decepción todo lo impregna y desvirtúa la esencia de una libertad que vimos nacer hace cuarenta años: la política municipal, la del cuerpo a cuerpo, que decía el añorado Plácido Betanzos, y que corre el riesgo de precipitarse por las alcantarillas si sus protagonistas no vuelven a poner al pueblo como guía y como objetivo.