La princesa y la pala


Llevaba tantos años siendo lunes por la mañana que la princesa escapó en medio de la tormenta, cualquier lugar era mejor que el palacio. El frío convertía en perlas sus lágrimas, en el lago nadaban carámbanos llenos de febrero. El mundo se había congelado, la araña de azabache que inyectaba en su corazón esperanza tenía secas las glándulas. «Tírate al agua», oía decir a Kurt Cobain. Después de todo no sería peor idea que haber besado a un sapo convertido en príncipe altivo y malvado.

Existe un momento antes de suicidarte donde todo se suspende, como un dado que baila en un cubilete, entonces los sentidos se agudizan y se puede ver a mucha distancia y oír lo que está lejos. Así la princesa escuchó un rumor de luces de neón y dejó la muerte para otro rato. Bordeando el lago se encontró una cabaña. Dentro dos mujeres cantaban canciones de piratas. La Cenicienta y Bella estaban bastante borrachas y no tardaron en pasarle el odre de vino. «Un capullo, Bestia es un capullo. Lo bien que estaba yo en mi biblioteca con Tolstói…», dijo Bella. «El mío, un crápula», dijo Cenicienta. A la quinta ronda las princesas ya eran las reinas del mambo.

Volvió al palacio en una mula que nunca duerme y comenzó a cavar un hoyo en el jardín. El príncipe la llamó dramática. «No lo has entendido, cari. Esta tumba no es para mí». La princesa ahora está en la cárcel, tiene el tatuaje de una pala en la espalda. Todas las reclusas saben, también los funcionarios de prisiones, hasta el alcaide sabe. Pregunta a cualquiera qué pasa con la princesa y te dirá la verdad: no hay quien la joda.

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