A la mierda


Cuando lean estas líneas yo estaré llegando a Macondo. Soy un desertor del existir, siempre lo he sido. El día en que me hicieron sitio en esta tribuna desde la que les escribo soñé que podría hacer algo útil: destapar un mangoneo del gobierno, difundir historia del arte, llamar cabrón al presidente de Birmania para que termine la guerra, concienciar a la gente sobre el abuso de los psicofármacos o señalar multiformes injusticias. Tantas cosas hay donde aportar un granito de arena…

Sin embargo, y aunque suene malvado, (la maldad es solo una parte del oficio, lo sabe el verdugo y lo sabe el columnista) no creo que yo pueda arreglar nada, la realidad se va pareciendo a la novela La máquina del tiempo de H. G. Wells, el futuro ya ha sucedido y no se remienda. Hay hechos que uno debe aceptar antes de ser devorado por ellos: por mucho que le ponga cuatro tercios del alma y todo mi empeño esto no va a funcionar. No es una rendición, es una conciliación conmigo mismo. Quisiera escribirles aquí algo ingenioso, divertido, reivindicador y profundo, pero he mirado dentro de mí con honestidad y no hay nada. No tengo nada que decir. Tampoco es que importe mucho, el mundo seguirá girando sordo a mi opinión y a la de los demás hombres.

Yo ya he huido. Las cruzadas me aburren y, la verdad, prefiero escribir sobre ella. Ella descalza. Ella con un vestido. Ella abrazándome cuando yo era arena. Ella cantando algo tan azul que entran ganas de bañarse… A la mierda el presidente de Birmania. A la mierda Europa. A la mierda mis sueños. A la mierda yo. A la mierda todo, menos ella.

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