Los Reyes Magos


Los Reyes Magos llegan a Belén llevados por una estrella que vieron aparecer en el firmamento, con la intención de rendir pleitesía a un niño al que le ofrecen oro, incienso y mirra. Luego, la memoria y la leyenda construyeron la inmortal historia de los Reyes Magos. En el Evangelio según san Mateo se narra: «Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes. Y he aquí que unos magos vinieron de Oriente a Jerusalén preguntando: ‘¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella y hemos venido a adorarle’». No se menciona ni su número, ni sus nombres, ni sus cargos. En la sala del trono solo ven a Herodes, que dictamina el lugar mediante una lectura en las sagradas escrituras y les pide que a su regreso les indique donde está el niño para ir él mismo a adorarle. Sorprendidos por este gesto, los magos vuelven a su camino siguiendo la estrella, que se detiene a la entrada de una casa: «Cuando entraron vieron al niño con María, su madre, y postrándose, lo adoraron. Entonces abrieron sus tesoros y le ofrecieron presentes de oro, incienso y mirra».

Este relato no aparece en los evangelios de Marcos, Lucas y Juan. Hay que buscar en los evangelios apócrifos los textos que permiten reconstruir la escena tal y como nos ha legado la tradición. La narrativa se realiza como un tríptico, tres aspectos para verificar los detalles del decisivo encuentro entre los Magos de Oriente y el salvador: lugar donde se produjo, número y clase social de los viajeros, y valor de la estrella que los guio. Sobre el lugar del encuentro, en el evangelio de Mateo la casa se convierte en gruta y en el árabe-siríaco en caverna. En otros textos se habla de Meikón, Gaspar y Baltasar, tres reyes que llegaron a Belén acompañados de un numeroso ejército, y en otros se dice que la estrella era un ángel. Sin embargo, la preocupación por esta escena fue en aumento a partir de 1164, cuando el emperador Federico Barbarroja trasladó los restos de los tres Reyes Magos a la catedral de Colonia. Desde entonces se crearon numerosas narrativas para fijar su contenido. Sería en 1370 cuando se consideró unánimemente la llegada de los Reyes a una gruta para adorar a Jesús, y a lo largo de los siglos fue cosechando cada vez más gloria. Hoy es una de las escenas que representan mejor el espíritu y la cultura católica.

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