Joseph Arnaud y César Kinino: Donde las serpientes se comen a las gallinas

Los jóvenes acaban de completar su formación y en agosto volverán a su tierra


Carballo / la voz

Cuando Xosé Manuel Pensado, el párroco de Mazaricos, recibió a Joseph Arnaud Valera y César Kinino de Bencis en el aeropuerto de Santiago en pleno mes de febrero, vestían ropa fresca, poco menos que pensada para un clima tropical. «Vaia cara de frío traían», explica Pensado, que les arropó con un abrigo y bufandas antes de dar misa en Pino do Val. Aún hoy, después de dos años y medio, los dos jóvenes marfileños no han logrado sacudirse ese frío que cala hasta los huesos y esa humedad incesante.

Hacerse a este aspecto fue sin duda lo más duro de una experiencia que no ha dejado sino buen sabor de boca. Llegaron a Coristanco para formarse en sistemas de explotación rural en la EFA Fonteboa, y así poder extrapolar sus conocimientos a su tierra natal, Grand-Lahou. Lo hicieron de la mano de la ONG Égueire, comandada por el incansable cura Désiré Kouakou, que no contento con alzar una maternidad, ahora va en busca de una granja escuela para enseñar a los pequeños del pueblo a ser autosuficientes, e incluso vender los excedentes producidos. Un proyecto ambicioso, cuya primera piedra serán precisamente estos dos chavales, que acaban de terminar su formación.

Hablan un buen español, aunque su experiencia con el idioma fue de lo más singular. «Estudiamos castellano en casa, pero cuando llegué aquí no entendía nada. Yo pensaba: ‘pero esto no es lo que yo he aprendido’. Iba a las clases, aprendía cosas, pero no entendía nada de lo que hablaban. ¡Hasta que pregunté y me dijeron que era gallego!», explica César, que basa su proyecto de futuro en la plantación forrajera y en los árboles frutales.

«Todo sale allá», dice en referencia a la productividad de los terrenos. «Aunque yo intentaré llevar manzanilla, kiwi, y sobre todo frutales», añade el joven. El proyecto de su compañero Joseph Arnaud se basa más en la ganadería.

Cesión de terrenos

Para llevar todo esto a cabo y dar el salto a la docencia en su país de origen, los vecinos del poblado han cedido un terreno de diez hectáreas a la ONG para que puedan comenzar ahí su proyecto. Lo ideal, según cuentan los chavales, sería adquirir los medios para construir una pequeña nave, llevar a ella los servicios básicos (agua, electricidad...) y también comprar la maquinaria más básica. «Una máquina para cortar la hierba, un pequeño tractor de unos 50 caballos, un molino eléctrico para el maíz y una cosechadora, por ejemplo. Lo básico para poder trabajar la tierra», cuenta Joseph Arnaud, y César le puntualiza añadiendo un motocultor y, como no, muchas manos que se presten a ayudar.

Planean, asimismo, hacer un cierre para el terreno, no solo para mantener fuera a los cacos, sino de cara a proteger el ganado de los animales salvajes. Dicen los estudiantes que, aunque aquí suene a cuento chino, allá es bastante habitual que una serpiente se coma a las gallinas. Y suerte si se lleva solo las gallinas.

Traerlos a España no fue fácil. Ya solo las tasas de validación de sus documentos y títulos ascendieron a 3.000 euros. «Vías os papeis e por unha cara estaba o título, e pola outra estaba chea de cuños», explica Xosé Manuel Pensado. Aun así, ya tienen ganas de casa. «Allá lo tenemos todo», explican. Los valores familiares lo son todo, y además están deseosos de demostrar todo lo que han aprendido en los últimos meses en sus estancias de prácticas en Arzúa, Carballo, Mazaricos o Francia, y también sus nuevas aptitudes culinarias: «Nos encanta el churrasco, el pulpo y la tortilla». Aunque en general dicen haber disfrutado de la gastronomía local, pese a carecer de los condimentos y especias en los que es tan rica la cocina marfileña.

Se educaron en valores y en el sentimiento de autosuficiencia, en la práctica de la agricultura ecológica y en el trabajo con las manos. Se empaparon de una cultura con la que nunca antes habían convivido, y lograron sobreponerse al sentimiento de sobrepaso inicial: «Para nosotros absolutamente todo era nuevo», dice Arnaud.

A mediados de agosto pisarán Grand-Lahou de nuevo, pero no descartan volver en un futuro por aquí: «Aunque para formarnos más, no de vacaciones».

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