E l Reino de España es ahora mismo como una nave en medio de una gran tormenta. Está en riesgo el sistema democrático que nació en medio de grandes dificultades, pero en un contexto de gran esperanza histórica. Ha sido una larga época de prosperidad y libertad. Las sombras de los años finales no pueden eclipsar las bondades de una época que, sin embargo, perjudica a las nuevas generaciones, que son las más desencantadas. Hay mucha tensión ambiental. En su momento, la flema del presidente español llegó a parecer grandiosa: ha ahí el hombre que deja pasar los problemas. Era un nuevo inventor de la máquina del tiempo: los problemas se resolverían solos o se pudrirían. No se han podrido: queman. La corrupción lo infecta todo, hasta las universidades; y la crisis territorial se está envenenando cada día más. El tiempo de Rajoy ha dejado de deslumbrar. Lo que está en riesgo ya no es el timón del Gobierno, es el sistema. La monarquía se la juega.
Ahora todo el mundo se da cuenta de la irresponsabilidad de no afrontar los problemas. La judicialización del conflicto catalán está desgastando España en el contexto internacional. Cada día se destinan más energías a castigar a los díscolos, a forzar las leyes, a evitar que Puigdemont se convierta en un hombre respetado en Europa. Si la crisis generacional y la crisis catalana eran las dos columnas agrietadas del edificio del 78, ahora una nueva columna amenaza ruina: el primer partido, el PP, no solo podría perder las próximas elecciones, sino que podría desaparecer, engullido por Cs. La gota de Cifuentes ha colmado el vaso.
Mientras tanto, el independentismo está eufórico. Ahora bien, la estrategia catalana puede sufrir pronto algún revés sonado, puesto que tras la decisión de los jueces Schleswig-Holstein, el Estado español es un león herido. El PP querrá tapar sus errores. Ciudadanos ya no puede moderarse y el PSOE agoniza. Por su parte, el independentismo persistirá en la vida de la complicación internacional, indiferente a la gobernación catalana.