Cuando el río suena...


Hace unos días hubo un pequeño terremoto frente a las costas de Ribeira, a 12 kilómetros de profundidad y a unos cuantos más de tierra firme. Según los expertos en sismología, el temblor apenas fue insignificante -2,5 de magnitud en la escala Richter-, lo que provocó que nadie lo pudiera sentir. Sin embargo, no fue el único que se produjo en las últimas semanas, sino que es habitual que se registren una veintena en un mes, algo que no deja de ser ciertamente preocupante. Los especialistas en el estudio de los terremotos sostienen que son consecuencia del movimiento de las placas tectónicas y que, Galicia, y también la comarca, no son lugares demasiado peligrosos para que se pueda originar un tsunami.

Sin embargo, tampoco afirman con certeza que no llegue a suceder, una duda que siembra la desconfianza y que puede llevar a pensar que, un buen día, podemos llegar a desayunar con una gran ola tragándose la comarca. Aunque no estamos preparados y nos cogerá por sorpresa, ya tenemos suficiente experiencia para lidiar contra los elementos y poder salir victoriosos.

Existen centenares de ejemplos en los que la naturaleza, y también la mano del hombre, puso a prueba nuestra capacidad para seguir adelante. No hay que echar mucho la vista atrás para acordarse del desastre del Prestige y cómo aquellos hilillos se convirtieron en una marea de chapapote que durante meses sembró las aguas y las playas de galletas negras.

Por tierra también recibimos otra buena dosis de desastres y no llegan los dedos de una mano para contar las veces que hemos visto arder los montes de la comarca y de toda Galicia. El pasado octubre fue uno de los peores meses de los últimos años en número de incendios, pero no fue la primera vez que se vivió una situación semejante. Hace algo más de una década, en el 2006, el cielo de Barbanza se llegó a cubrir con un manto de ceniza que hacía imposible ver el sol. Se quemaron miles de hectáreas, las consecuencias ecológicas fueron brutales y, aún así, logramos que los montes volvieran a recuperar su característico color verde, aunque también hubo que hacerlo a costa de ver como se reproducían miles de especies invasoras, como acacias y eucaliptos.

Del cielo también han caído chuzos de punta que han provocado alguna que otra inundación, aunque aquí estamos más que acostumbrados a la lluvia, y los resultados no han sido demasiado graves. Sin embargo, todavía no hemos tenido que combatir nunca contra un tsunami, y no estamos libres de que esos pequeños terremotos que cada semana retiemblan en al mar acaben derivando en uno. Porque, cuando el río suena...

Autor Ana Lorenzo CIUDADANA

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