Como saben, esta semana el cristianismo celebra la tortura y asesinato de un hombre que predicó la paz, el amor, la igualdad y la justicia. En algún lugar incluso se han puesto las banderas a media asta.
Anteayer, sus descendientes volvieron a asesinar una vez más a dieciséis personas, algunos todavía niños, y a herir a más de mil. «Que no estuviesen allí», escribía algún cuñado en las redes sociales evidenciando su desconocimiento total o parcial del tema y su baja catadura moral. En la mayoría de la prensa española no salía ni en la portada. ¿Y si hubiese ocurrido en Venezuela?
La persecución y sufrimiento del pueblo judío durante siglos no debe ser ahora una excusa para otorgarles la patente de corso de la que gozan en la ONU. De hecho no lo es; si Israel hace lo que quiere es simplemente porque maneja buena parte del dinero del mundo occidental.
Es duro comprobar como vidas como las nuestras, con sus latidos y respiraciones, no valen nada según la región en donde nazcan. Pero más duro es, incluso, percatarse de cómo realmente nos da igual, ni nos duele ni nos desvela lo más mínimo.
La vida de los palestinos o de los afganos; la de los senegaleses o de los ecuatorianos; todas las vidas en las que no nos veamos reflejados por su estatus o por el color de su piel nos importan menos que la de nuestras mascotas.
Llorar la muerte de un judío asesinado por predicar la paz, cuando esto sucede a diario multiplicado por mil alrededor del mundo, demuestra que nuestro ridículo y nuestra bisoñez no conocen límites.
Las banderas deberían ondear a media asta a diario.