Pensiones


Los lunes al sol, o bajo la lluvia. Flagelados por el viento, frente al Concello, vagamos a mediodía los pensionistas de bajura buscando el tiempo perdido en los baúles blindados e invadidos por la termita, que duermen el sueño eterno en los sótanos del ministerio.

Anda la gente de aquí para allá, resolviendo sus asuntos, y nosotros, los últimos de Filipinas, nos damos ánimos en la trinchera florida de la Alameda esperando a un mesías que nunca llega. Miramos al cielo y los unos a los otros. Miramos a la gente que pasa y que a su vez nos mira sin darse cuenta de que, mucho antes de lo que creen, estarán ocupando el lugar que ahora ocupamos nosotros. Cuando llegue ese día y alcancen a ver las ventanas cerradas de la alcaldía y de los despachos que la circundan, comprenderán lo que hacía aquella pandilla de viejos navegando a la capa en la mar de baldosas que no tiene fin.

Para un espectador, ajeno a las penas que allí se amontonan, parecemos árboles muertos de pie, como decía Alejandro Casona que morían los árboles. Pobres de pedir, limosneros sin retorno vagando entre los barrancos y las cañadas retorcidas del Estado, no llevamos huchas ni violines ni guitarras, para ofrecer algo a cambio de que nos suban la pensión. Somos los que hoy somos. Somos los que fueron. Y somos los que serán. Una avanzadilla suicida a la conquista de la pensión perdida. Un puñadito de arena en los zapatos del presidente de todos los gobiernos. Peregrinos sin meta que alcanzar. Sedientos en busca de un pozo. Sabemos que se ríen de nosotros. Pero estamos ahí porque también sabemos que el tiempo derriba los más altos muros.

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