Walt Whitman, poeta norteamericano (1819/1892) seguramente cumplía con la máxima del Nazareno. «Tienes que amar a tu prójimo como a ti mismo» (Marcos:12,31). Se dio cuenta tal vez contemplando la decapitación de las hojas de otoño despojadas de su lujoso trono de primavera. Quizás, mirándose en el agua del río que corría veloz ante su rostro, comprendió que él era la obra culminante de toda esta nebulosa que envuelve tantas y tantas lágrimas derramadas en la gran copa del vacío en el que flotamos. Entendió que la sublimación del amor por sí mismo no tenía otro sentido que la entrega absoluta a los demás. Por eso escribió el Canto a mí mismo. Un título que parece una ofensa, un desprecio, un vicio insano que corroe el corazón de los ególatras anclados siempre en la dársena segura del bienestar propio o amarrados al muelle de la ignorancia de la desgracia ajena.
Si fuéramos sinceros, si por una vez apostáramos al todo o nada el gran valor que nos damos, desaparecerían del mundo la miseria, la peste, la guerra, la traición y la muerte oscura que acosa a los desvalidos en los callejones de los mapas del hambre. Escribe Walt Whitman: «Me celebro y me canto a mí mismo./Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,/ porque lo que yo tengo lo tienes tú/ y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también». Ahí está la palabra. He ahí como el poeta no se amaba a sí mismo sobre todas las cosas sino que, como citaba el Nazareno muchos siglos atrás, al amarse a sí mismo, ama a todos porque todos son él.
Parece un galimatías, un rompecabezas, un laberinto sin principio ni fin de cuyas revueltas jamás saldremos. Pero no es nada de eso. No hay más que acudir a lo sencillo, a la fórmula magistral con la que nacimos impresa y troquelada en el fondo de la angustia de vivir. El ser humano son todos los seres humanos. Todos somos iguales, polvo de las mismas estrellas, aire de los mismos vientos, luz de los mismos soles, agua de los mismos ríos. Sin embargo, a pesar de que los poetas nos advierten cada siglo de esta condición, la soberbia, el poder, la avaricia y la calumnia quiebran el sello de porcelana que guarda el cofre de la verdad y aventan la inocencia, el amor, las caricias y los besos que se pierden en los caminos sin retorno y en los pozos sin fondo en los que vive y canta la muerte su himno de victoria.
Escribe el poeta: «Quédate hoy conmigo,/ vive conmigo un día y una noche/ y te mostraré el origen de todos los poemas». Este año que enloquecido comienza a caminar, intentaré seguir las palabras de Walt Whitman y pasaré con él más de una noche porque, ciertamente, necesito conocer el origen de todos los poemas, de todos los despeñaderos y de todos los valles en los que mi alma duerme entregada a la tristeza. «Me gusta besar,/ abrazar,/ y alcanzar el corazón de todos los hombres con mis brazos». Este hombre que se cantaba a sí mismo descubrió según su pluma surcaba la deshabitada mar del papel, que él era la humanidad toda y que no hay nadie mejor que el otro, nadie más rico, más importante.
Todos somos iguales, sí. Pero lo hemos olvidado y las consecuencias han sido nefastas. Ahora, además, nos despreciamos a nosotros mismos adorando a quienes son como nosotros. ¡Que destrozo, qué deshonra!