Paseo por Hyde Park


Después de mi última visita a Londres, ciudad a la que siempre deseo regresar, anoté en un cuaderno algunas impresiones. Las notas dicen: aquí llegué por vez primera vez tras aprobar sexto de bachillerato y su correspondiente reválida. Resultó tan gratificante mi primera experiencia que repetí al verano siguiente. Y aquí recibí la noticia de que había superado la selectividad.

11 de julio de 2016: por muchos nuevos edificios, a cada cual más espectacular y llamativo -casi todos llevan la firma de alguna prima dona de la arquitectura mundial- que se levanten, el viejo cascarón de Londres sigue varado donde estaba en aquel fantástico verano de 1968: las mutaciones de la inmutable capital inglesa. Pero frente a la de ahora, entonces la ciudad -Camden, Primrose Hill, Hyde Park, Chelsea, Kensington, Notting Hill, Regent’s Park, Picadilly Circus, Covent Garden…- era un lugar completamente paralelo: plural, solapándose, narrándose con muchas voces excitadas y con muchas variantes de la misma historia.

12 de julio de 2016: después de pasear por Notting Hill Gate, entramos en Kensington Gardens. Tomamos un aperitivo tumbados sobre el césped y luego caminamos cerca del Serpentine, una especie de alargada laguna que antes se nutría del agua del río Westbourne, aunque actualmente se abastece de la que bombean desde el Támesis, y tras la cual empieza Hyde Park. Nos contemplan majestuosas avenidas protegidas de frondosos árboles: limoneros de anchas hojas, robles rojos, abedules plateados, abedules llorones… En este estanque, en donde, según parece, tantos se ahogaron, nadaron sin temor y con bravura los triatletas que participaron en los Juegos Olímpicos del 2012.

Ya estamos en el parque del concierto de los Rolling Stones, aquel gratuito que se convirtió en el tributo de sus compañeros a Brian Jones (21 de febrero de 1942), quien había aparecido muerto ahogado en la piscina un 3 de julio de 1969, aunque ya antes lo habían despedido por sus problemas con las drogas. Ese fue también el concierto de la presentación de su sustituto: el joven y virtuoso guitarrista Mick Taylor, que se había curtido en las filas de los Bluesbreakers de John Mayall (1933). En el transcurso de la actuación, Mick Jagger, bien aconsejado por su novia de aquel momento, Marianne Faithfull, leyó un trozo del poema Adonaïs que Percy Shelley dedicó a su amigo y también poeta John Keats.

Desde las turbias aguas de este lago me llegan hasta los oídos las voces espectrales de una muy antigua y terrible tragedia. A esta gran charca de forma parecida a la de una serpiente, se arrojó Harriet Westbrook en 1816. Estando embarazada y desesperada, de este modo se quitó la vida la primera mujer del poeta romántico Percy Bysshe Shelley, nacido el 4 de agosto de 1792 y muerto, también ahogado, el 8 de julio de 1822 en el lago Spezia (Italia). Un gemido casi inaudible sobrevoló la verde hierba y atravesó la arboleda sin ser escuchado por los numerosos testigos de una tarde de verano.

En cambio, sí recordamos el eco de la voz fantasmal de Mick Jagger recitando este verso: «Paz, ¡paz! / No está muerto, no duerme / Ha despertado del sueño de la vida».

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