Mario Benedetti me espera a mí. Me doy cuenta cuando, asomado a la ventana prohibida, descuelgo el cortinón del horizonte y pretendo adivinar en la lejanía mágica la proximidad de mi futuro. Esa legitimidad escondida tras el corazón de estrellas que late en el fondo agridulce de su cielo. Benedetti, desde el escaño que ocupa en las alturas a las que ni siquiera llegan los cometas más audaces, me envía como un relámpago nacido en la palma de su mano su libro de relatos El porvenir de mi pasado, y entonces comprendo lo pobre que soy, la arenisca llevada aquí y allá por el aliento de los sapos que pasan el otoño bajo los sauces a orillas de la charca en que se ha convertido mi alma. Ahí me tienen ¡pobre de mí!, indagando mi futuro y esperando la palabra del poeta que desde el otro lado del arco iris me remite su libro que habla del porvenir de su pasado.
Lo abro con temor y mis dedos tiemblan sobre las cubiertas porque sé que me voy a encontrar con sus advertencias y con sus acusaciones que, como un inyectable de alto riesgo, me administra por vía luminosa ojos adentro. Ahí está la primera bofetada que me vuelve la cara del revés: «Nunca he podido soportar el odio y sin embargo el odio me alcanzó». Sabía que me había descubierto, que me había visto vagar por las calles como una estrella errante mintiendo con mi luz de pavo real, con mis palabras ennegrecidas por la podredumbre, fingiendo y engañándome a mí mismo como un estúpido, inexperto y falto de la más elemental caridad.
El odio me había alcanzado y, a pesar de disimularlo, de repetir mil veces que eso no era cierto y de alardear de ser un hombre sano y libre de maldad para con el prójimo, lo sabía, lo sabía, lo sabía a ciencia cierta. El odio me había alcanzado. Arrojo el libro contra la pared y las letras resbalan como la lluvia en los cristales hasta empapar el suelo. Llegan hasta mis pies y trepan como lagartijas hasta instalarse al sol que se amontona en mi piel. Otra página, leo otra página arrebatado por el pánico: «En un platillo de la balanza coloco mis odios; en el otro, mis amores. Y he llegado a la conclusión de que las cicatrices enseñan; las caricias, también». Mi mecedora, que poco a poco e imperceptiblemente había convertido mi cuerpo en un péndulo, se detiene súbitamente. Releo lo que el poeta dice, su mensaje me consuela y, aunque sé que el odio sigue aldabeando en el portón de mi espíritu, hago como que no oigo y, una y otra vez, me repito: «...las cicatrices enseñan; las caricias, también».
Convierto mi angustia en letanía y me dejo llevar por la soledad con la que el tiempo abanica mi desconsuelo. El poeta y sus dardos penetran en mí y escarban en el fondo del pozo donde guardo lo más inconfesable, el secreto negro que encadené a mi vida, la frustración excitante que me hace despertar cada mañana y afrontar el día nuevo. Mario Benedetti está siempre ahí y, como una nube de la que llueven vocales y consonantes, me empapa hasta los adentros inundando todo lo oculto. Benedetti, insiste: «En la realidad, uno mira con envidia a los que bailan; en el sueño, uno baila». Y así se me duerme el odio.