En la memoria existen baúles, abiertos y cerrados. Las llaves que abren estos últimos van flotando por el mundo. A veces la llave es un olor; otras, una canción… Caen en tus manos sin querer y sin permiso. Abren el cofre y un recuerdo desfila ante ti, respirando por las viejas heridas del corazón. Ayer se me abrieron dos de esos arcones: uno me gustó y el otro hubiera deseado mantenerlo cerrado.
Una llave fue la película It, donde un grupo de niños se enfrentan a un satánico payaso en una podrida mansión. Me recordó a mi preadolescencia. A varios chavales de Ribeira nos obsesionaba lo paranormal. No quedó casa abandonada en el Barbanza donde no nos coláramos a hacer espiritismo, creíamos que el hecho de que allí hubiera vivido (y muerto) gente las dotaba de propiedades esotéricas. Alguna vez se derrumbó un techo con nosotros dentro y nos metimos en muchos líos, sí, pero nunca nos respondió ningún espectro y me volví un descreído.
Y este recuerdo fue la llave al otro baúl, al malo. Ya con 18 años, en Santiago, una amiga y yo. Le conté eso que hacíamos de niños, cómo alguno incluso bebía sangre de gallina en pleno ritual. Le hizo gracia y quiso hacer la ouija, pese a que yo le repetía que era una tontería.
Hice la tabla en una cartulina, bajé las persianas, cogí un vaso y pusimos los dedos. «Manifiéstate» y toda la pantomima, aunque algo iba mal… En la oscuridad ella me sonreía, pero no era su sonrisa. Encendí la luz y me fui. Llevaba mucho sin abrir este cofre, no creo en esas cosas pero aquel día algo me sonreía desde la boca de mi ex amiga. «Algo», no alguien.