Manchester


Un loco incivilizado y fanático, a sus 22 años, se suicida inmolándose mediante un explosivo que oculta en su mochila. Lo hace en medio de una muchachada que sale del concierto de su estrella favorita con la sonrisa pintada en la cara y las prisas de contarlo cuanto antes. Mueren en el acto, destrozados por la deflagración, 22 de aquellos alegres mozos, además del suicida loco. Más de cincuenta almas resultan heridas y un sinnúmero de gentes quedarán signadas para siempre con el rostro de la muerte en el fondo de sus ojos. La despiadada bomba que Salmán el idiota colgó de su espalda cumple su objetivo y occidente se llena de rosas y crisantemos que lloran lágrimas vegetales sobre ositos de peluche y mensajes de papel emocionado.

Unos días antes, aviones civilizados provistos de bombas civilizadas, pilotados civilizadamente bajo las civilizadas órdenes de una civilizada autoridad, abaten un hospital en oriente medio en menos de cinco minutos, enterrando bajo sus escombros el aliento de treinta niños inocentes que no han conocido otra cosa que la ausencia de infancia, la muerte y los alaridos.

Más al sur, en África, a la misma hora, docenas de niñas son prostituidas para pagar las necesidades de la soldadesca mientras el civilizado occidente toma el sol y espanta las molestas moscas en las playas de Miami.

De Algeciras a Estambul, todos los días, el mar de las lágrimas de Manchester vomita en las orillas del Mediterráneo los cadáveres inermes de niños ahogados civilizadamente, solo defendidos por una pandilla de tíos raros que se hacen llamar Médicos sin Fronteras y cosas así. Nada más. Y nada menos.

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