Conozco a Carmela Carredano desde niño. Amigos somos desde hace 52 años. En los años 60, y dirigidos por el gran Pepe Agrelo, ella y yo, con otra animosa muchachada de aquel tiempo, Gonzalo, Chichela, Javier, César, Moncho, Marisa y Pili (creo que no olvido a ninguno), llevamos a la escena del coliseo Noela la obra de Carlos Llopis, Nosotros, ellas y el duende, una comedia desternillante. Antes habíamos intentado representar Escuadra hacia la muerte, de Alfonso Sastre, pero la censura nos cortó las alas antes de comenzar los ensayos. A lo que iba. Carmela Carredano me paró hace unos días en la calle y me riñó como una madre a su hijo. Solo me lleva unos años, pero dado que en aquella obra de Llopis hacía el papel de mi suegra, se le debió quedar prendido del ánimo ese amor de buena madre política. No está de más que, de vez en cuando, alguien me ponga firme, sobre todo si es una amiga tan querida como Carmela. ¿El motivo de la regañina? Está disgustada porque lee mis artículos y me adivina agotado, harto, angustiado y pesimista. «¡Arriba los corazones!», dice, y a mi se me agita el mío porque necesita una buena dosis en vena de alegría de vivir. «¡Sursum corda!», le contesto con un latinajo salido del atavismo impenetrable de la misa y la comunión diaria.
Carmela, mi amiga querida, está preocupada porque me quiere bien y me ve más tirado que los que se acostaban a desnudar su alma en el diván de cuero de don Sigmund Freud. Me exhorta Carmela a recordar los tiempos idos pero vivos, las tardes de pelouros, mariola y estornelas, los otoños de escondite y trompos y los domingos felices de chocolate con churros de primera comunión. Aquellas horas eternas que manaban como una fuente sobre nuestra risa indomable. Aquella fantasía continua que vivía prendida de la punta de nuestros dedos y nos acunaba por la noche hasta soñar con barcos piratas y princesas rescatadas del torreón del castillo de un rey perverso. «¡Por, Dios, Maxi! Deja de usar el espacio que te da este periódico como una comisaría full time en la que te pasas el día denunciando los abusos, las malas intenciones, la amargura y la sobredosis de impotencia ante las autoridades de este mundo. Cuéntame el cuento de Caperucita y a poder ser que el lobo sea un infeliz, o el de Pulgarcito aunque termine casándose con la hija del ogro. Deja abierto a tope el grifo de la esperanza hasta que tu página se convierta en un río limpio sobre el que vuelen las mariposas y salten las truchas jugando a la naina».
Carmela Carredano me quiere y yo la quiero a ella y a los recuerdos de un mundo en el que para nada pensábamos en nuestro futuro y mucho menos en el de aquellos que algún día llegarían a ser nuestros nietos. Cómo íbamos nosotros, aquellos inocentes correcaminos que nos pasábamos las horas intentando, como Judy Garland, vivir tras el cortinón de acuarelas que el arco iris cuelga del cielo, adivinar tan funesto futuro.
Hoy te hago caso, amiga mía, y animo a quien me lea a que vuelva al tiempo dulzón de la alegría y a que en el balcón deje cada noche a los Magos los zapatos por si en ellos aparece al alba un paquetito abarrotado de escarcha y ternura, esa que nunca debieron arrebatarnos. Gracias, Carmela, amiga mía.