Cómo matar la inteligencia


Parece que todo se confabula para que dejemos de pensar. Estos inventitos que llevamos en el bolsillo ya nos han librado de saber los números de teléfono de memoria. Esta herramienta con la que trabajo, que, por cierto, está enlazada al aparato del bolsillo, ya está preparada para avisarme de que el miércoles, a las equis, tengo una cita médica, así me ahorro recordarla, lo que me hace posible dedicar el cien por cien de mi cabeza a otros menesteres, y si pueden ser productivos, el objetivo de la optimización humana estará cumplido.

Logrado un día a día absorto de realidades mundanas, pero negativas para el sistema, quedaba por tratar de borrar o, por lo menos amoldar, una formación incómoda, la propia de las Humanidades o ciencias del pensamiento como la Filosofía, y en eso andan desde hace tiempo, creo que con el craso error de conseguir que la persona reduzca su capacidad de análisis a las cuentas de explotación, y la equivocada intención de despistar la historia, eso que no debe olvidarse para que no se repita, especialmente para evitar acontecimientos de los que no nos podemos sentir orgullosos.

Ese intento de retirar o minimizar asignaturas que ayudan a formarnos como personas, me suena como el grito de aquel general fascista, «¡muera la inteligencia!», porque cuanta menos capacidad de reflexión tengamos, más fácil será manipularnos, anestesiarnos.

A veces tengo la impresión de estar viviendo la película de Truffaut Farenheit 451, si, la de aquel bombero cuya misión era quemar los libros, que estaban prohibidos por el gobierno, para evitar que los ciudadanos pensaran y, así, permaneciesen absortos en una sintonía permanente, pantallas de plasma... una ambientación muy similar a la de hoy en día.

Lo malo es que esa pretendida desactivación suele dar alas a los advenedizos, los telepredicadores mesiánicos que, como los virus, aprovechan la debilidad para entrar a saco, y si no te mueres de una enfermedad, acabas en el nicho por otra.

En la película de Truffaut, cada uno de los rebeldes memorizaba un libro para que el lanzallamas solo pudiese acabar con el volumen físicamente, toda una lección que tiene su origen en la novela con el mismo título que escribió en 1953 el estadounidense Ray Bradbury y que tanta vigencia tiene más de medio siglo después.

Ya está bien de experimentos que parecen pretender que las futuras generaciones sean más imbéciles. Si, como se dice, los jóvenes de hoy son los mejor preparados de la historia, ¿a qué viene aplicar cambios tan radicales en materia educativa? Nada bueno se puede concluir de estas decisiones erráticas, a no ser el deseo de matar la inteligencia que proclamaba aquel fascista.

Por Moncho Ares CIUDADANA

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