Esta semana vergonzosa y dantesca para la justicia española, encontré una noticia en este periódico que, a pesar de todo, consiguió alegrarme profundamente. No, lamentablemente no he sido yo el agraciado con el millón de euros que Carlos Vázquez tuvo la alegría de repartir, pero no me voy a ir mucho más lejos. De hecho me voy a quedar exactamente en el mismo edificio en el que se encuentra el despacho de loterías.
Hoy quiero dedicarle estas líneas a la boirense Isabel Rebollido Vázquez, conocida por los clientes del Bocacho como Isita, no solo por el estelar y meritorio descubrimiento ligado a su tesis que pudimos descubrir en estas páginas, si no por avivar los rescoldos de mi fe en un futuro menos memo.
Conozco a Isabel desde siempre y, en la evidente distancia que nos separa, enseguida tuve claro que era una joven especial. No parecía plegarse a los convencionalismos de las excluyentes modas juveniles y se percibía en ella el bullir de la inquietud artística. No tardó en demostrarme que no me equivocaba cuando comencé a verla cargando la guitarra sobre sus hombros. Fue ahí, en ese punto que nos unía, donde tuvimos breves charlas e intuí un cerebro saludable. Aunque no imaginaba hasta qué punto.
Interesarse por el cosmos y las materias primigenias es síntoma de fortaleza intelectual y de ansia de conocimiento. El ejemplo de Isa no es único en Boiro, pero es especial: me devuelve la esperanza en el futuro y me demuestra que hay vida inteligente más allá de las preocupantemente cercanas «festas da xuventude».