Con la perspectiva que da el haber vivido en seis localidades distintas en los últimos diez años, unas del tamaño de Madrid y otras como Vilagarcía que, hasta no hace tanto tiempo seguía peleando por el título de la octava urbe gallega, hay cosas que a una vecina de nuevo ingreso -como la que escribe- le siguen llamando poderosamente la atención en la comarca que hace ocho meses le dio la bienvenida.
Al margen de las bolsas de basura que se precipitan desde las ventanas, hay otra cuestión a la que no he conseguido tampoco dar respuesta, hasta el momento, y es la que tiene que ver con la flexibilidad de los horarios comerciales.
Partiendo de que toda generalización es mala y que cada cual en su negocio, como en su casa, es libre de ordenar y desordenar como guste, también es cierto que como cliente una se ha sentido frustrada en más de una ocasión. Cuando un domingo cualquiera, sin festivos ni puentes de por medio, después de ganar la batalla a la modorra de una mañana no laborable, dispuesta a tomar un café en la calle para recargar las pilas, descubres que la aventura matinal va a ser encontrar un bar abierto, asumes el contratiempo. Lo curioso es que esto también pase un lunes cualquiera, o un martes, porque sí, y a la semana, sin explicación alguna los mismos negocios estén abiertos. He llegado a preguntar, solo por pura curiosidad, y la respuesta ha sido tan vaga y poco precisa como «cerramos por asuntos propios» o «xa contabamos con que non houbera xente». Contaban, sí, pero ni un mísero cartel colgaron avisando.
Locales que, entre semana, se les da un día por cerrar a las nueve como, al siguiente, a las once de la noche. Ni se imaginan la aventura de encontrar uno abierto más allá de esa hora para comprar una cajetilla de tabaco. Si se da la casualidad de que tienen uno debajo de su casa siéntanse afortunados, porque otros vivimos en el pentágono de las Bermudas en lo que respecta al horario de bares y cafeterías. Nunca se sabe si estarán abiertos o desaparecidos en combate.
Igual de frustrante es ir a primera hora a hacer un recado o a comprar un regalo de urgencia. Será que a una le persigue la mala suerte o la implacable ley de Murphy, pero la excepción -paradójicamente- eran las tiendas de ropa abiertas a la hora que indicaba el cartel. Todo sea dicho, no había colas a la entrada esperando su apertura y no es de extrañar, porque en más de una la aspiradora era el único entretenimiento que tenían a esas horas. No se trata de cumplir con precisión suiza los horarios, pero sí de ser serios y tratar de mimar a unos clientes que lamentablemente se han acostumbrando, en muchos casos, a estar desatendidos.