No recuerdo rejas en mi infancia. Nada queda en mi memoria infantil de represiones, de vetos ni de tabúes. Tal vez fui sordo, ciego y mudo y viví aquel mundo como un alienado creyéndome libre y salvaje como la lluvia o como el viento que la trae caminando sobre la mar. Tampoco recuerdo cuando me estrellé contra las ardientes paredes transparentes de la jaula en la que vivía creyéndome libre. Creo que eso no fue repentino. Alguien, cada mañana, me inoculaba trepanando mi cráneo, una pócima tóxica. Me aturdía un momento, se me caía del alma un pedacito de libertad y, sin dolor ni temor, seguía jugando al escondite y colándome en el cine cada vez que el señor Merelle se daba la vuelta para introducir en una urna las entradas que le abarrotaban las manos.
A pesar de algún quebranto -¡ay aquella gripe asiática de los años cincuenta que me traspasó para siempre el corazón!- fui un niño feliz. No entendía el por qué habría de guardar cama tres meses, durante tres años ni por qué tendría que dejar de jugar al fútbol o correr alocadamente persiguiendo mariposas. Pero lo llevé bien. En cuanto al fútbol me permitieron jugar de portero y, en cuanto a las mariposas, las cambié por las tardes pacientes de pesca sentado en el malecón. En aquella época hubo algo que sí atrajo toda mi atención. El cine y la fotografía. La fotografía era un ritual tan maravilloso como los misterios truculentos del Profesor Alba, un prestidigitador que visitaba cada año el coliseo Noela y nos dejaba turulatos con el «nada por aquí, nada por allá», jaculatoria que igual lograba que una paloma anidase en su sombrero, como que un espejo roto se compusiese solo y reflejase nuestro asombro.
Estoy divagando, disculpe. No me olvido de la fotografía. Lograr una foto de tu pandilla, un retrato de la chica que incendiaba el objetivo o una panorámica de mi calle en día de feria, requería pensárselo un par de veces. Aquello no tenía marcha atrás y un error te conducía al fracaso y sobre todo a la pérdida económica y al irreparable disgusto. Acabado el carrete -ya había color pero solía usar el blanco y negro- visitaba a Pepe Esteirán que en la oscuridad lo extraía con aquel aire de misterio que debe siempre vestir el arte. Te citaba para dos días después durante los cuales un hormigueo inmerecido te producía insomnio y desatención en los estudios, la pesca y la portería. Esas cuarenta y ocho horas no vivías para otra cosa que no fuera ver tu obra revelada en la belleza de tu chica preferida, las poses de tu pandilla en la alameda o el ajetreo congelado un instante de tu calle y su aire en el que para siempre quedarían suspendidas las golondrinas.
Cuando al fin tenías cumplida en tus manos la rotunda profecía anunciada días antes a través del visor de la cámara, la alegría o la ira, la sonrisa o la mueca decepcionante, ponían fin a aquel ritual de rosas y de espinas que había mantenido hirviendo el puchero de tu alma.
Ahora el móvil se ha saltado todos los pasos de aquel calvario glorioso que remataba en una resurrección triunfante. Y he comprendido al fin que entre las dos prisiones, prefiero aquella de menta y regaliz a esta en la que, sin juicio ni defensa, te encarcelan y ejecutan con la frialdad de un clic.