Según va pasando el tiempo más siniestra se muestra la negra sombra, más tétrico el escenario y más inquietantes los personajes. Al principio todos creímos (nos hicieron creer o queríamos creer) en una trama bien distinta a la que se va mostrando. Un cuento de hadas donde la niña de azul se fuga en un arrebato adolescente, mitad amor y mitad despecho; que tarde o temprano tendría un desenlace feliz, como cualquier cuento que se precie, con moralina y comiendo perdices.
Pero poco a poco fuimos descubriendo una realidad diferente, donde las mansiones eran tan sombrías que la imaginación volaba intentando adivinar lo que sucedía en su interior. Allí los egos repartían mandobles y la razón se había esfumado mucho tiempo atrás. El descontrol y los comportamientos poco edificantes ganaron terreno. Espacios poco adecuados para tiernas infancias, sin cauces que canalizaran los bríos de la juventud. ¿Qué hacer cuando eres el daño colateral de una guerra? O peor, ¿cómo superar ser el arma que utilizan con enfermiza obsesión los contendientes?
Crees ver la luz en la calle y allí buscas el consejo y el escape. Un lugar donde la ruleta vital tiene más números oscuros, lleno de amigos de su propio interés ávidos de presas. En una de esas te pilla la vida y hace coincidir el sitio equivocado con la más equivocada compañía. Ya entonces el cuento es de monstruos y villanos, una trama donde el peligro se cierne sobre la niña de azul. Y, aunque todavía puede tener diferentes desenlaces, ya ninguno se antoja feliz. Ojalá fuese una historia con retorcido guion y de grato giro final, pero lo dudo.