Viaje al sur


Mario Benedetti, por si alguno pudiera olvidarlo, recordó con dolor que el sur también existe. Enseguida me di cuenta de que no eran versos sino alaridos los que herían con sus letras de acero mis ojos acostumbrados a la acomodada vida del norte. El sur se levanta justamente ahí donde no quisiéramos verlo y vela al otro lado de las verjas urentes del norte cada luna y cada sol que sobre su piel antigua y flagelada pasan decapitando sueños e inoculando en sus arterias el aliento tóxico que viene de la civilización caníbal que vive su opulencia blasfema en la vieja Europa y en su monstruosa creación americana.

El sur también existe y un día -ojalá no esté aquí para verlo- el norte rendirá cuentas ante su realidad ignorada y será arrastrado y devorado por los buitres tempraneros a los pies de sus palacios, de sus bibliotecas, de sus laboratorios y de sus fábricas de armamento. Como en Babilonia, ese día no quedará piedra sobre piedra de toda aquella galanura, de toda aquella presunción ni de toda aquella soberbia que exhibía la bestia del norte. Nada queda de los jardines colgantes ni de los tejados de esmeraldas en los que se achicharraban los astros que enloquecían ante la belleza de la Gran Babilonia.

Siempre hay un día para la justicia y su espada de lava espera la mano de un héroe que sepa domarla. Así fue como uno tras otro imperios y ciudades que se decían indestructibles han ido desapareciendo de la faz de la tierra. Repase conmigo la historia conocida. Nada, salvo ruinas y escritos sabios de los que hoy el norte se ríe, queda de Roma, Grecia, Persia, Macedonia, Egipto? El sur, los seres humanos dañados y esclavizados por la tiranía del norte, se encargaron de reducirlos a ceniza y, en muchos de aquellos lugares, solo habitan las serpientes y los lagartos devorándose los unos a los otros.

El norte terco y dado al vino del olvido, vuelve una y otra vez a construir sus muros en nuevos asentamientos y juega a los dados sin hacer caso a Albert Einstein que decía que ni siquiera Dios lo hacía. Levanta murallas y alambradas para detener al huracán del sur que clama en las columnas del Non plus ultra una y otra vez sin ser atendido. Un día derribarán la puerta y esta caerá con estruendo sobre la mies dorada, las viñas cuidadas y el ganado escogido. No quedará nada seguro a lo que asirse, ni siquiera la palabra que los poetas guardaron en sus cofres de tinta pura e indeleble. El norte entonces se desplomará con estrépito en el pedregal baldío de sus fronteras y su armadura de oro y marfil se quebrará como un hueso en la boca del león enfurecido venido del sur.

Nada quedará de esta civilización de la desmemoria, el lujo y la insolidaridad. El viento helado de un desierto de nieve arrojará al mar los últimos despojos de lo que un día fue nuestra habitación de ébano y nuestros cortinones de seda fina y nadie vendrá a rescatar los millones de cadáveres que flotarán con los ojos abiertos en los mares del norte. Un dedo de estrellas escribirá en el cielo: «Pero aquí abajo, abajo/ cerca de las raíces/ es donde la memoria/ ningún recuerdo omite./ Y hay quienes se desmueren/ y hay quienes se desviven/ y así entre todos logran/ lo que era un imposible./ Que todo el mundo sepa/ que el sur también existe».

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