A lgo viscoso, algo pútrido, remueven las hadas pérfidas en el infecto puchero donde se cuece el caldo político. Con solo catar la receta, uno podría caer agonizante entre horrendos estertores. Contemplamos estos días como los profesionales de la cosa pública se insultan, se descalifican y se ríen, por tanto, del escaso raciocinio que nos suponen a los ciudadanos. Abrir estos elegidos sus bocas e insultar nuestra inteligencia, es algo que ya forma parte del paisaje.
Ese paisaje de deslealtades; «donde dije digo ayer, digo Diego hoy», yendo de la aseveración a la contradicción en veinticuatro horas. Del: «Jamás permitiremos que España sea gobernada por el corrupto Mariano Rajoy», en los fogosos mítines, al «dejaremos gobernar a Rajoy por el bien de los españoles» en las recientes negociaciones, no hacen otra cosa que un daño letal a la democracia y al concepto que de ella podemos tener los que la sentimos como un patrimonio, conquistado con sangre, sudor y lágrimas en palabras del patriarca Churchill.
Estos chalanes de hoy en día han prostituido la política. La peste, como un río polucionado de heces, socava ya los muros de nuestros concellos separando familias y cercenando amistades centenarias. Significaba este periódico que durante las conversaciones Podemos/En Marea para acudir juntos o no a las elecciones autonómicas, una diputada de En Mareas llegó a referirse a la líder de Podemos en Galicia como, «esa puta coja». Lo tabernario, lo más desalmado del ejercicio político, como un arador de la sarna horada galerías de pus bajo la epidermis de nuestras esperanzas. Llegará al corazón. Será el fin.