El escaparate del verano no descansa

Patricia Calveiro Iglesias
P. Calveiro CRÓNICA

BARBANZA

El verano ha llegado a su ecuador y la máquina turística está a pleno rendimiento, intentando exprimir al máximo los bolsillos del turista, una fuente de ingresos que para muchos comercios y negocios se ha hecho tan imprescindible como la Navidad. Las tentaciones se multiplican, bien sea a través de fiestas gastronómicas, mercados o ferias que, a la par de la parte económica, sirven de estandarte de los productos y del patrimonio cultural. El escaparate del verano no descansa y se pone de gala para recibir a unos visitantes que, con suerte, repetirán. Si todo funciona, por muchos años. Y, en el mejor de los casos, los vínculos se transmitirán de padres a hijos.

Para ser justos, en Barbanza no se ha llegado al extremo de otras zonas de la costa gallega, como en Sanxenxo, en donde algunas tiendas y bares pueden vivir todo el año de lo que sacan en los meses de calor, gracias a esos veraneantes a los que alguna vez he oído cómo despreciaban los propios vecinos. Jodechinchos, los llaman desde O Morrazo a Bueu.

Esos que se apostan en las terrazas y acaban con el pescadito frito a la una de la mañana, cuando el personal que no está de vacaciones todavía no ha hecho el parón para la comida. Esos que meten la gamba como nadie divulgando los misterios de la ortografía local, como que Ribeira se escribe con be en gallego y con uve en castellano. Esos que sacuden sus toallas sobre nuestros tejados, que llevan un moreno uniforme y que asaltan las tiendas como poseídos en los días en los que no hace sol, son también los que llenan los pisos que nadie alquiló durante el invierno y hacen que las terrazas revivan, dinamizando la economía de la comarca.

Ahora que estoy al otro lado, que he pasado de ser una picheleira -jodechinchos también, pero de menor gravedad por proximidad geográfica- a tener una residencia permanente y ganar con ello una posición en la pirámide del imaginario local, sigo sin entender cómo muchos muerden la mano que les da de comer. Y, si no es a ellos, será a sus padres, a alguno de sus amigos o a sus hijos.

Barbanza no es Ibiza, lo sé. Por suerte hay muchos más activos que el turismo para sacar a flote la economía, empezando por la pesca, la industria alimentaria o otros tantos sectores pujantes. Pero creo que lo inteligente sería acogerlos con los brazos abiertos y mostrarles la comarca en todo su esplendor. Lo razonable, a mi entender, sería vestir el escaparate de fiesta e invitarlos a que se dejen deleitar por todo lo que se les puede ofrecer. No hablo de abrir las tiendas hasta las doce de la noche, domingos incluidos, como en ciertas zonas de la provincia vecina, pero sí de mimarlos, como clientes y como vecinos eventuales.