El cuento de una colilla

Ana Gerpe Varela
A. Gerpe CRÓNICA

BARBANZA

Pueden continuar destinándose fondos públicos a sensibilizar a la población sobre el riesgo de tirar un cigarro encendido en una zona de monte o sobre la amenaza del efecto lupa solar sobre las botellas de cristal que hay esparcidas por las áreas boscosas, pero no con esos argumentos. Tirar cigarrillos no está bien, ni en el monte ni en la playa, como tampoco hay nada que justifique convertir los bosques en estercoleros de residuos. El motivo, que el plástico no es biodegradable y las boquillas de los cigarrillos, tampoco. El cristal es menos nocivo que el plástico, pero hay muchos sitios en los que depositarlo, sin que necesariamente tenga que ser al lado de un pino, un carballo o, aunque sea, un eucalipto.

Ahora bien, que no pretenda engañarse a nadie. Un devastador incendio como el que sufrió Porto do Son la semana pasada, como el que calcinó 39 hectáreas en el parque natural o como los que sistemáticamente afectan a la comarca en Leiro, Tállara o A Carballa no son fruto de una colilla mal apagada, ni de que a un iluminado con ganas de imitar al diablo se le haya dado por poner unas velitas. Esto es otra cosa.

La cuestión de fondo, nada sencilla por otra parte, es determinar la causa de semejante despropósito que, muy acertadamente, Feijoo calificó sobre la tierra quemada y todavía humeante de A Coviña de acto criminal.

Teniendo en cuenta que los incendios parecen seguir algunos patrones más o menos comunes, ayudados siempre por una meteorología favorable, claro está, parece difícil pensar que hay un súper pirómano que salta de monte en monte cual Barón Rampante para convertir en un infierno la verde Galicia.

Desde luego, dar con la causa no es sencillo y requiere de un profundo análisis que, es posible, tampoco conduzca a nada, sin propósito de desanimar. Pretender buscar responsables entre quienes trabajan en los servicios de extinción es como lo del cigarrillo, uno entre un millón, vamos.

Con todas estas cenizas esparcidas por el monte, lo suena a estas alturas a tomadura de pelo es que se pretendan vincular las llamaradas de los bosques a despistados que dejaron caer su colilla. Un poco de seriedad, que ya somos todos mayorcitos y por mucho que las nuevas leyes persigan el tabaco con mucha más vehemencia que otras sustancias que alteran el comportamiento, a nadie se le da por subir montañas en grupos de tres para fumarse un cigarrito a escondidas. Digo grupos de tres porque en estos incendios que ponen en riesgo vidas nunca hay una colilla, lo habitual, al menos en la comarca, es que haya entre tres y cinco.