Después de muchos años de terror ecológico, pasados diez años de la gran catástrofe medioambiental -aquella que redujo a cenizas el Fogar de Breogán- nuestro mayor avance en política contra los incendios, al que en estos momentos se encomienda Feijoo y toda su troupe, al igual que antes lo hicieron sus antecesores, es a un simple y penoso: ¡qué llueva!.
Una rogativa que muestra la impotencia, la incompetencia y la desfachatez de quien nos gobierna -y nos ha gobernado- para atajar un problema de extrema gravedad para este país. Casi tan grande como el suicida envejecimiento ante el que se escondió y se esconde la cabeza. Muestra evidente de su falta de bemoles ante los retos que nos presenta la Galicia del siglo XXI.
Todo el mundo sabía que esto iba a ocurrir, hasta el más tonto del pueblo. Por ejemplo, a mi me decía una persona que presta sus servicios todo el año en la lucha contra incendios, hace un mes, que si tenía un pinar cerca de casa que lo limpiara porque este año se iba a ir todo al carajo (bueno, él fue más vehemente). Una servidora lo pronosticaba en este espacio hace un par de semanas. Entonces, siendo así, ¿por qué la prevención sigue siendo una asignatura pendiente? Y vuelvo a preguntar, ¿dónde está el ejército ante una catástrofe de esta magnitud? ¿Para cuándo las leyes que obliguen a los propietarios a limpiar sus montes? Porque la extinción la pagamos todos y los beneficios se los llevan unos pocos.
Y por favor, un poquito de decencia. Eviten los políticos la foto con la manguera de chorrito bobo o con la pala sin estilo. No hagan nada, pero no estorben.