Había asuntos relevantes, tristes y crueles de los que hablar esta semana pero una llamada preocupada de mi compañera el pasado jueves y el olor a humo que perdura en nuestra casa me decantó por la realidad más cercana. Apenas a quinientos metros de nuestro hogar, en A Boliña (Boiro), se originó uno de los primeros fuegos premeditados en nuestra comarca de un verano que se prevé especialmente difícil en lo que a incendios se refiere. Pero no quiero analizar causas y azares. No me voy a detener en cuestiones insustanciales. Solo quiero dirigirme a las manos ejecutoras que se preparan para quemar nuestros montes y bosques.
A ti, ponzoña, en el improbable caso de que sepas o acostumbres a leer tan siquiera la portada de un periódico, te quiero desear la peor de las suertes. A ti, despojo, que ejecutas a nuestra flora y nuestra fauna; que no te quita el sueño la posibilidad de quemar hogares; que no te importa mandar a retenes, bomberos, fuerzas civiles y de seguridad a un peligro inmenso e innecesario, te deseo que tu propio acto cobarde y deleznable te acorrale por sorpresa. No mereces otro destino.
Si nuestros mandatarios tuviesen voluntad de terminar con esta lacra, equipararían tu delito al terrorismo puro y duro, pues no es otra cosa lo que haces, necio mal nacido. No puedo ni quiero sentir empatía o respeto hacia ti o hacia los que sacan rédito de tus actos.
Este asunto saca lo peor que hay en mí, y espero que los lectores sepan disculparme. Si ustedes conocen a alguien de esta calaña, cosa improbable, no duden en ponerlo en la picota. No vacilen, porque él no lo hace.