La carta

Emilio Sanmamed
Emilio Sanmamed LIJA Y TERCIOPELO

BARBANZA

Me ha llegado la primera carta de mi encarcelado amigo Samu. Mientras la leo siento un cristal roto en mi pecho, el peso específico del papel manuscrito hace que él esté frente a mí, contándome su historia con una sonrisa despeinada. Su letra vuelca en mi oído terribles y bellísimas confesiones, confesiones que sería una vulgaridad escribir en un whatsapp. Guardo la carta con reverencial solemnidad.

Cuando se me pasa el desconsuelo, pregunto a unos 10 adolescentes (y no tan adolescentes) si han recibido alguna vez una carta. «Nunca jamás», responden lapidariamente como el cuervo de Poe. Sentí pena. Se han perdido la forma de comunicación más pura que existe. De hecho, me niego a creer que se pueda amar de verdad sin haber escrito nunca una ridícula carta de amor.

Encontrar en el buzón una carta que ha estado en manos de la otra persona, trazada con su irrepetible caligrafía, leerla cien veces hasta memorizar fragmentos, escribir la respuesta para llevar la aurora a sus mejillas, reescribirla porque te queda una mierda demasiado cursi, el acre sabor del sobre al pasarlo por la lengua y la demora hasta que le llega a ella, tiempo que recuerda la distancia que existe entre ambos. Es un proceso mágico.

Me conmueve imaginar a Samu, enamorado como un dothraki, escribiendo cartas a su novia desde su celda, llenando folios con su amor de centauro. Hay trascendencia en ese acto, porque en este mundo de Instagram y Facebook, en este mundo de inmediatez y despersonalización en que vivimos, una carta vale más que mil imágenes. Una imagen vale menos que mil palabras.