Ya se había acostumbrado. Un año atrás, moviéndose como una serpiente de miel, el frío había ido sometiendo su corazón desprevenido. Esa sensación de sombra helada se había apoderado del castillo de su pecho asaltando sus almenas desprotegidas y derribando sus puertas cuyos goznes había descoyuntado el tiempo. Sin darse cuenta su corazón se había transformado en un inmenso iceberg navegando errante en el mar de su sangre. Nada le interesaba. No recordaba el último beso a su esposa ni el último brindis con su amigo de toda la vida. Los fines de semana se le hacían largos y tediosos, amargados por la visita de su hijo, su nuera y sus dos nietos que convertían con sus juegos alocados su paisaje interior en el reino de la anarquía y el caos.
Llegó a renegar de sus risas y de sus mimos y se atrincheraba en su cuarto de lectura fingiendo una inexistente migraña. Perdido todo contacto con el exterior, se había encerrado en su submarino de huesos y había decretado la inmersión total por tiempo indefinido. Había sido un hombre alegre y festivo. Tenía buena voz y solía cantar en las tabernas los viejos sones de ultramar con su pandilla. Chacareras, zambas, milongas y decadentes tangos almibarados se mezclaban al ritmo resbalón de las guitarras que siempre aparecían tras el mostrador del bar.
Pero todo aquello, difuminado en el contraluz del anochecer, había desaparecido de su vida deshilachada y ajena a cualquier sentimiento. A veces le sobrevenía un éxtasis, un rapto incontrolable, y los recuerdos bellos como estrellas se le amontonaban columpiándose en las pestañas de sus ojos tristes. Entonces su nave renacida enarbolaba todo su trapo y navegaba sobre la mar que había perdido al doblar su cabo de Hornos. Añoraba su infancia, sus primeros libros, las caricias y la voz de su madre y la escopeta de su padre colgada detrás de la puerta. Recordaba las liebres y las perdices muertas, horriblemente desangradas colgando como guiñapos del tendal del jardín mirándole sin luz ni vida alguna. Sentía aquel estremecimiento antiguo como un latigazo de fuego. Sintió lo mismo el día en que encontró a su madre tendida sobre la alfombra del pasillo. De su pecho manaba una fuente de sangre que dos hombres uniformados ocultaron bajo una manta mientras se llevaban a su padre al que nunca jamás volvió a ver. Aquella fue la primera vez que supo que en su corazón desembocaba un torrente helado.
El internado y las largas vacaciones en casa de los abuelos fueron dulcemente difuminando aquella foto fija devorada por la ansiedad del paso del tiempo. Era todo lo que recordaba de su pasado. Había olvidado el amor, su trabajo, los amigos, su risa, el vino y su cordialidad. Parecía no saber que existía dentro de su piel y deambulaba por las horas del reloj del salón como un fantasma tímido y huraño. Se había convertido en un despojo sin redención ni cruz que le sirviera para justificar el martirio de su vida. Aquella mañana invernal un rayo de sol le sorprendió desarmado en el sofá de su despacho. Trató de incorporarse y pedir ayuda pero nadie le oía. El rayo de sol, impunemente, terminó por derretir el músculo de hielo en el que se había convertido su corazón. Allí lo encontró su nieta. Un hilo de sangre recién nacida bañaba hirviendo la calle inanimada de su boca.