Días de invierno

Maxi Olariaga MAXIMALIA

BARBANZA

La lluvia, la desangelada lluvia que precede al diluvio, parece la mano de Dios acariciando las ramas de los árboles que desnudó el otoño. Brilla el embaldosado malherido como el espejo de la Bruja de Blancanieves y en las terrazas cubiertas las gentes se distraen observando como el humo del tabaco se estrella contra el techo plastificado. Más arriba en la bocacalle que precede al Liceo, el alboroto de la fortuna abarrota la puerta de una delegación de loterías ajena a la esperanza que en su mochila guarda el tintineo del dinero fácil. Me protejo bajo el gran paraguas del palco de la música y desde las alturas veo como las palmeras dividen la Alameda como un esternón vegetal. Por más que lo intento no acierto a vislumbrar siquiera en que costado de aquel pecho abierto en dos se halla el corazón que perdí en mis días de infancia.

En aquellos días a la Alameda solo se iba en primavera y verano y en las escasas horas que el frío sol del otoño iluminaba los jardines que cuidaba el señor Manuel. La Alameda marcaba con granizo la frontera de la patria que se extendía desde sus jardines a mi escuela. Allí se quedaban hibernando como osos de peluche, los alocados juegos del verano y las estornelas de la primavera. Podía adivinar entre las rosas y las camelias las risas de las niñas y el gesto atónito de sus muñecas de cartón. A través de la finísima cortina de lluvia, atisbaba perfectamente los corros del Materile y el inocente juego del escondite al que a mí siempre me gustó perder porque me seducía más buscar que ser buscado.

En la escuela, perfumada con un aroma acre en las lánguidas horas del invierno, cantaba a coro la tabla de multiplicar mientras sumaba las telarañas que como nubes de seda flotaban en el techo. Las niñas con las niñas y los niños con los niños. No hacíamos preguntas y la imaginación, aún incontaminada, resolvía los enigmas. Mi escuela era mixta y un fuego desconocido me recorría el vientre cada vez que una niña levantaba la falda y dejaba ver sus braguitas de crochet.

¡Es increíble todo lo que puede verse, protegido de la lluvia bajo el techo geométrico del palco de la música! Pude adivinar el mes de abril abriéndose paso entre los velones y las carracas de la procesión del Viernes Santo para que, un par de semanas después, los caballitos y las tómbolas del San Marcos se instalasen en los caminos sobre los que, dolorido y humillado, los pecadores llevaban sobre sus hombros a Jesús de Nazareth. Toda una historia escrita sobre las baldosas roídas por el tiempo y la desidia que el agua de la lluvia traía y llevaba de una orilla a otra. Sobre aquella tempestad de sueños infantiles, navegaba yo a bordo de un barquito de papel armado con esta hoja de periódico que a duras penas vivirá un día.

¿Quién sabe? Tal vez mañana envuelva un pescado o sirva para encender una chimenea. Desaparecerá del reino de la lluvia llevándose mi vida y la de los que la compartieron conmigo. O tal vez, pasados miles de años, un marciano la encuentre congelada dentro de un bloque de hielo flotando en la Alameda que entonces será un mar deshabitado. Se habrán marchitado los magnolios y los pájaros se habrán convertido en estrellas. Nada quedará sobre la tierra. Sólo el palco de la música desde el que aún puedo sentir la alegría de haber vivido.