Camino

Maxi Olariaga LA MARAÑA

BARBANZA

24 sep 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

P arecían versos. Pero eran puñales, nubes afiladas que herían los cielos de las almas y los infiernos de la carne: «Al andar se hace el camino y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino sino estelas en la mar».

Don Antonio Machado, un hombre bueno y leal, un poeta, el fiel de la balanza de oro que pesa la sinrazón y la soberbia en un platillo y la bonhomía y el amor en el otro hasta conseguir el equilibrio, se nos murió de pena y frío al otro lado de la frontera tras caminar ese camino que no había y comprobar que allá lejos, a su espalda, dejaba de ver la senda que nunca volvería a pisar.

Lo anduvo paso a paso sabiendo a ciencia cierta cuándo, cómo y dónde había que pisar, dejar la huella virgen de un paso seguro, nada incierto. Nos dejó el verso para que no confundiéramos el camino ancho con la senda estrecha y desconfiáramos de los atajos. Pero como los niños que en el cuento de Pinocho se lleva Strómboli a la ciudad de los juegos sin fin, a don Antonio no le hemos hecho caso alguno y seguimos empecinados en cabalgar sobre el césped mullido en lugar de pisarlo con nuestros pies desnudos.

Necios, a pesar de la advertencia de Odiseo, nos dejamos embriagar por los cantos de las sirenas carnívoras que desde la orilla nos muestran sus pechos salados y nos lanzamos a la mar para, nadando contra corriente, llegar al reposo letal en sus brazos sin sospechar que seremos no más que una ruina de huesos podridos minutos más tarde.

Hay camino, camarada. Una nebulosa de hombres y mujeres, poetas, pintores, músicos, danzantes o escultores nos han dejado sus huellas indelebles en los caminos que nos llevan a la gloria de haber nacido. Pero, tercos y contumaces, nos dejamos llevar al precipicio por la melodiosa ponzoña de la flauta de Hamelín. Por una vez, ahora que estamos tan cerca de la extinción, no de los cuerpos sino de las almas, no de las palabras sino de las ideas, no de la relación sino del desamor, por qué no escuchamos la voz del poeta, su clamor, y volvemos a emprender el camino.

¿Por qué no seguimos la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido?