Pusieron sobre ellos jefes de trabajos forzados con el propósito de oprimirlos, mientras llevaban sus cargas y estuvieron edificando ciudades. Pero cuanto más los oprimían, tanto más se multiplicaban y tanto más seguían extendiéndose. Esta cita (Éxodo: 1, 11 y 12) pertenece al libro bíblico del Antiguo Testamento en el que Moisés relata la odisea de su pueblo vagando por el desierto en busca de la tierra prometida. En él describe la expulsión de Egipto, donde como esclavos trabajaron para el amo construyendo ciudades y monumentos.
No hay que estudiar muy a fondo la historia ni escudriñar con minuciosidad extrema los hechos para hallar un paralelismo patente entre este éxodo mosaico y el actual, venido también de oriente medio, que en estos días desfila desfallecido por el desierto perpetuo de nuestros televisores. No puede uno olvidar la presencia del hombre blanco, del europeo en los países conquistados.
¿Qué hicimos en África? Esquilmar, robar sus riquezas. Sometido y esclavizado el pueblo dueño de su tierra, les obligamos a descender a las minas y a horadar la tierra en busca de petróleo. Hasta, en el colmo de la perversión, comerciamos con ellos y los enviamos a tanto la tonelada de carne, hacinados como piaras de cerdos, en las bodegas de barcos negreros rumbo a América, la estrella más rutilante de nuestro imperio sacrílego. Eso hicimos, sí. Eso hizo el hombre blanco en el pasado y eso seguimos haciendo hoy. El método es distinto, la infamia es idéntica.
Los que se reúnen en los grandes despachos enmoquetados de las principales capitales de la civilizada Europa, son los mismos que negocian la venta de armas a unos y otros contendientes en la misma batalla. No conozco ninguna fábrica que abra sus puertas para no vender su mercancía. ¿Acaso las fábricas de armas son una excepción? Tú vendes al revoltoso y yo al régimen establecido. Yo al yihadista y tú al chií.
Y así gira esta pestilencia, como una rueda de molino que algún día se desprenderá de su eje en los cielos y se estrellará sobre nuestro maltratado planeta azul del que no quedará la más mínima huella en la muda peregrinación de las nebulosas.