Paraíso

Maxi Olariaga

BARBANZA

Esa frontera sur, ese Mediterráneo que se congela en los ojos negros que vomita el vientre de África. Esas vallas que se alzan adornando sus cabezas con rulos de acero afilados como la lengua del político, entre el infierno y el paraíso.

Esa procesión silente en la que, en lugar de sayones y capirotes, visten camisetas de Leo Messi. Esos hombres jóvenes, esas mujeres de alabastro y esos niños cargados a la espalda o dormidos en su vientre.

Esa esperanza desesperada y esa luz cegadora que los atrae como una gran bombilla congrega a su alrededor a miles de insectos en las noches de verano.

Esos guardias armados hasta los dientes que les azuzan e incomodan a un lado y a otro de las almenas de espino a las que -¡vaya humorada!- llaman serpentinas.

Esos sueños, esa ansia, esa respiración que se envenena enredada en la lengua. Esos pies acostumbrados a huir como las gacelas huyen del león en la sabana. Todo ese dolor, todo ese llanto que creen, pobrecillos, que les conducirá al Paraíso? Es un sacrilegio, una blasfemia, un sacrilegio más y una blasfemia más que soporta nuestro planeta, la vieja nave redonda que surca el espacio rodeada de estrellas dando vueltas y vueltas alrededor del sol con el destino de no encontrar jamás un puerto seguro en el que aprovisionarse y descansar. ¡El Paraíso! Claman los habitantes del sur porque ven en la televisión cómo con girar un grifo mana el agua fría, caliente o templada.

Cómo pulsando un botón se hace la luz y cómo, abriendo la puerta metálica de una nevera, se exhiben en el interior la leche, el pescado, la fruta, el queso, la carne y la mermelada. ¡Al Paraíso, hijo, al Paraíso!, dijo el padre del sur a su hijo menor mientras cerraba la maleta en la que oculto y contorsionado como un medallista olímpico cruzaría la frontera, burlando la aduana y el desgarro de las vallas del hombre blanco. Pero el ojo artificial, su fría mirada cibernética, lo detectó y comenzó a ulular como un lobo solitario.

La policía los entregó a los jueces y estos, en menos, de dos horas, encarcelaron al padre y a quién se prestó a ayudarle. El niño, vaya usted a saber. ¡Qué valientes! ¡Qué fuertes con los débiles y que débiles con los fuertes!