Manolo es un superviviente del viejo y emblemático oficio ourensano; recorre la zona desde hace años y hablar con él es consultar una enciclopedia de la vida
08 may 2014 . Actualizado a las 09:59 h.Once de la mañana. El Malecón de Santa Uxía en pleno trajín. Hay quien trabaja, quien toma café en las terrazas, quien aparca un camión... Y, de repente, una melodía parece pararlo todo. Se oye lo que parece una harmónica. Y, luego, una inconfundible cantinela: «Arranxo paraugas, afío coitelos e tesoiras e tamén paso mulleres pola pedra...». Es Manolo, el afilador. Que este hombre sea un superviviente de este emblemático oficio ourensano es la excusa para acercarse a charlar con él.
Manolo es de Verín. Y, aunque no le cuesta hablar de su vida, pone condiciones. «Os apelidos non llos dou a ninguén», avisa. Luego, explica que le salió la barba ya siendo afilador, como su padre y abuelo, y ahí sigue, cerca de la jubilación. Es de los pocos que queda en el oficio -«penso que só somos dous os que andamos nisto», informa- y, por ello, abarca una zona amplia. Se pasa seis meses sin ir a casa, visitando desde Vilagarcía a la Costa da Morte. Barbanza es como su segunda casa. Tiene pensiones fijas y clientes fieles. Lo demuestra en dos segundos. Entra en un bar, y dice al dueño: «Ti xa gañaches o día, trae os coitelos para afiar que eu aínda o vou gañar». Y se los lleva.
Tarda poco en hablar de la crisis. Dice que el precio del afilado de cuchillo bajó de cinco a dos euros. Y que hay días que saca 50 euros y otros «que nin para a gasolina do cacharro quito», señalando a su maquinaria. Antes andaba en bici o moto, ahora en coche. Algunos concellos le obligan a pagar impuestos. Y, sí o sí, «pago os meus seguros, que se se me corta alguén ou pasa algo non quero leas». Cuando se le pregunta quien tiene la culpa de la recesión, deja de afilar la lengua: «Serán todos», dice.