Se me encoge el corazón

José Carlos Vidal

BARBANZA

11 mar 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

El vallado en los montes del Barbanza me viene preocupando desde hace varios años, y aunque lo más habitual es analizar este tema desde el punto de vista ecológico, dada mi condición de activista en defensa de los derechos de los animales, es evidente que mi preocupación es el sufrimiento que genera en los diferentes animales que habitan nuestra sierra. La alta mortalidad que se ha producido en vacas y caballos este invierno, estoy seguro que no se debe tanto a las duras condiciones que azotaron nuestra comarca, como al hecho de que estos no tuvieran abrigo donde cobijarse.

Hasta hace unos años los animales podían moverse por toda la sierra y tenían sus espacios habituales para beber, refugiarse y dormir. Todo eso ya no pueden hacerlo. Los ganaderos, con el consentimiento de nuestros ediles y el beneplácito de la Xunta, han convertido Barbanza en una granja recorrida por mil y una alambradas, donde los espacios a cerrar vienen marcados no por las necesidades de los animales sino por las extensiones artificiales de propiedades de comunidades de montes o ayuntamientos. No importa que esos espacios carezcan de abrigos naturales que les sirvan de cobijo en los inviernos o de árboles que les permitan resguardarse del sol en los veranos. Es difícil que a uno no se le rompa el corazón viendo como los animales se acurrucan unos contra otros para combatir el frío.

Hemos transformado un espacio natural único, de una biodiversidad y una riqueza incalculable, en una granja gigantesca. Para agravar todo esto están las consecuencias ecológicas .La introducción de especies como el cerdo y la oveja acabarán por acarrear parásitos hasta ahora ajenos a este espacio. Quizás ahora muchos de ustedes entiendan mejor por qué era tan importante acabar con la que muchos consideraban la mayor riqueza faunística que abrigaba la sierra del Barbanza: el lobo más occidental de Europa. Su existencia no era compatible con una ganadería de este tipo.

Muchos piensan que los animales carecen de sentimientos. Es una bendición para estas personas que estos estén imposibilitados para hablar por sí mismos. Es cierto que algunos son capaces de aullar, de mugir o relinchar, pero son gritos que no dicen mucho y que, sobre todo, son fáciles de olvidar.