Más allá de las primeras cumbres de las que apenas se adivina su coronada frente de nieve, zumba el abejorro de pólvora que anida en la boca de los cañones. Abajo, en las rúas del pueblo, las horas caminan lentas mecidas por la brisa marinera que balancea los descamisados botes abandonados por los mozos, obligados a abandonar los cambiantes y abiertos ventanales de la mar por las lóbregas e insalubres trincheras.
No llegan noticias del frente y las radios ululan su viento de tormenta emitiendo chirriantes silbidos que hieren el tímpano de las almas. El sol brilla para todos pero, más allá del último valle conocido, al otro lado del río, oscurece su barba dorada el fragor de la batalla. Las ardillas y los lobos, el jabalí y el ciervo huyen monte abajo siguiendo el rastro de las ratas y las víboras para alejarse del hombre que mata al hombre y viola a las hijas de su sangre.
Huyen la garza y la paloma, la cigüeña y el águila espantadas por tanta perversidad y hartas de que su bello vuelo se refleje en los ríos de sangre que anegan las navas y los campos de trigo. Los desfiladeros secuestran la voz de las bombas y el amenazante alarido de los aviones de combate penetra en la arboleda hiriendo los frutales e incendiando las granjas. Los cuerpos despedazados de los guerreros se pudren a la luz de la luna abonando las tierras yermas, altares sobre los que se comete el sacrilegio del sacrificio humano.
Y el pueblo, sus malecones y sus callejas, permanecen encadenados a la calma, un barco al pairo esperando el viento suave de la paz que bese sus velas deshilachadas y lo conduzca al puerto de la historia interrumpida. Una madre desesperada halla en un baúl que fue y volvió de Buenos Aires, la cámara fotográfica del abuelo. Sienta a sus niñas repeinadas y con vestido de domingo ante el portal desvencijado y, a través del visor, admira el milagro de cómo la belleza de sus hijas transforma la pobreza de los muros en las puertas de alabastro y ébano del palacio de oro en el que mil y una noches Scherezade contó sus historias al Sultán. Pulsa el botón y corre a la casa del fotógrafo para que, con la magia en la que reside la penumbra, revele la fotografía y haga aparecer la inocencia alumbrando la alegría que en casa, llorando, se dejó el esposo soldado.
La belleza de las niñas de la guerra podría por si sola decapitar con un hacha de oro a la Hidra y también mutilar sus brazos de espino, pero la inocencia ¡bendita inocencia! de la infancia, impide que la venganza y cualquier pensamiento cruel aniden en la fragilidad de su mundo.
Y mientras la carta con la foto viaja al frente norte en un destartalado vagón, el esposo soldado avanza, bayoneta en mano, hiriendo de muerte a la muerte misma que danza en la mirada aterrorizada de aquel al que considera su enemigo.
Llegará un día la fotografía a sus manos y comprenderá la inutilidad de aquella guerra de inocentes enviados a la muerte por unos sinvergüenzas que dirimen sus disputas personales enfrentando a los seres humanos en el circo que nunca cerró sus puertas.
Solo la inocencia de esas dos niñas podría detener la infamia y extinguir a los señores de la guerra. Ese día llegará.