Primero, el tal Mouriño no fue el que inventó ni el lloriqueo ni el método del niño acusica, y mucho menos el sistema de culpar hasta al apuntador de sus errores o fracasos, pero como este año lidera el ránking de los que se afeitan para arriba, le daremos el mérito de dar nombre a un síndrome que se extiende a toda velocidad y llega incluso a la clase política, esa de la que todos estábamos convencidos de que está en entredicho, pero que la alta participación ciudadana en las elecciones hace pensar algo distinto. El síndrome de Mou es el que utilizan aquellos que han salido vencidos de las urnas y no tienen la valentía de analizar los resultados mirando para dentro, y buscan justificaciones ajenas a la labor propia. Cometen un doble error: primero, si no analizan con espíritu crítico su gestión nunca descubrirán en qué han fallado, y si no hallan el error volverán a caer en él o no lo resolverán; y segundo, buscar explicaciones peregrinas a la decisión popular es tanto como tomar por tontos a quiénes votamos, y no están los tiempos para menospreciar a nadie, y mucho menos cuando uno es víctima de la derrota.
El voto es secreto. Ya pueden maniobrar, amenazar o enjabonar lo que quieran para orientarlo, porque nunca dejará de ser secreto. Vivimos en un país que está siempre en elecciones, para lo bueno y para lo malo, desde hace más de treinta años. Lo bueno a que me refiero es que, a estas alturas, los electores somos lo suficientemente maduros, hablando en términos democráticos, como para saber usar nuestra capacidad de castigar o premiar en función de la eficacia, y más ahora que las ideologías están en entredicho, donde los grandes partidos de la izquierda y la derecha están tan cercanos que casi se confunden. Lo malo, por su parte, es que, tanto proceso electoral, con su «anteprecampaña», precampaña, campaña y todo lo que le sigue, aburre de tal forma que el desasosiego puede llevarnos a no valorar el poder del voto.
Un ejemplo
Recuerdo el caso que contaba un político local al que un vecino le prometió su papeleta porque le había hecho un favor. Como prueba de ese compromiso, el ciudadano agradecido fue el primero en entrar en el colegio electoral a las nueve de la mañana del día del sufragio y proclamar a viva voz que allí estaba para cumplir lo que le había dicho, ya que el concejal se encontraba en el colegio en calidad de interventor. Como su sobre fue el primero, al revolver el contenido de la urna en el momento de empezar el escrutinio no se movió del sitio en el que había quedado. Fue, por lo tanto, el primero en abrirse, y no había votado la lista que encabezaba su benefactor.
Afortunadamente, no todo el mundo asume la derrota al estilo Mou, y obra en consecuencia. Suena bien la recurrida frase «entendemos el mensaje», aunque, con el paso de los días, de las semanas, de los meses, vayamos descubriendo que de eso nada monada, que, aún admitiendo que han entendido el mensaje, nada cambia, o lo hace para peor, tras el varapalo.
Y luego están los que, en decisiones de gran mérito, llegan a la conclusión de que han hecho todo o más de lo que podían y que su trabajo no ha sido reconocido por el electorado proporcionalmente al esfuerzo, y deciden marcharse. Y aquí quiero situar en lo más alto de la tabla de honor a Dominga Brión Sanmiguel, ex portavoz del BNG en Ribeira y cabeza de lista en las últimas elecciones, que esta semana presentó la renuncia incluso a su acta de concejala. Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con sus posicionamientos, pero lo que nadie duda es de la intensa labor que tanto ella como sus compañeros de formación han realizado en los últimos tiempos, y que tuvo como consecuencia llevar al Bloque a las más altas cotas de aceptación en Santa Uxía.
Uno tiene la sensación de que hay gente que, cuando entra en política, se emborracha de gloria hasta el punto de que se cree imprescindible y no se va hasta que la echan a gorrazos. En la representación pública a la que se llega por sufragio tiene más mérito saber marchar a tiempo que entrar, porque requiere más valentía.